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La Isla Bonita

Por Alex Solar

 

El pasado domingo, visionaba en La 2 la película de Fernando Colomo Isla Bonita, y recordaba mis años en Menorca, escenario donde transcurre la acción de esta producción española de 2015. Allí conocí a Jordi Jové, restaurador y artista plástico, que regentaba con su familia un pequeño fogón llamado Es Forn en la capital de la Isla. A pocos pasos del Ateneo, cenáculo cultural donde se daban cita la intelectualidad, artistas y políticos destacados de la época de los ochenta, el sitio era obligado para estos visitantes ilustres. La lista sería larga, pero en ella figuran nombres como Calvo Sotelo, Carrillo, Cristina Almeida, Verstringe, Terenci Moix, Manuel Vázquez Montalbán y otros que se acercaban a todas horas a degustar los manjares de la tierra que elaboraba este clan de estirpe catalana avecindado y arraigado firmemente en tierra balear. Francesc , el patriarca de la familia y su mujer, Margarita, llevaban la batuta en la trastienda mientras que mi amigo Jordi atendía a su selecta clientela. Fruto de esta labor que llevaba con encanto personal el primogénito, surgió posteriormente Historias para Comer y Contar , un libro que combina recetas y memorias de aquellos tiempos en que Menorca era , como decían sus ecologistas, “verde de esperanza”.


Poco pude reconocer de la isla de aquellos tiempos en la película de Colomo, situada en el tiempo en 2015 , y en un ejercicio de cine verdad cuando entrevistan a un campesino (payés) éste les confirma que muchas cosas han cambiado desde entonces. El paisaje sigue siendo hermoso y apenas contaminado y parece ser que la convivencia no se ha estropeado. La isla “bonita” de Colomo conserva su encanto y es un sitio donde el tiempo parece no transcurrir con la misma velocidad del resto del mundo.
Hace unos treinta o más años, Menorca recibió el fermento dinamizador de gentes venidas de otros territorios de España y de ultramar que transformaron en gran parte su carácter de bastión casi feudal. Las comunicaciones con la península aumentaron, se desarrollaron los medios informativos, floreció el turismo. Pero en el campo aún siguieron algunos de los primitivos “colonizadores”, en su mayoría jóvenes catalanes y de otros lugares, como la artista japonesa Mitico Shiraiva que hace una breve aparición en la película de Colomo. A ella y a su marido, el pintor Xavier Salvador, les conocí en una casa de campo sin luz ni agua, como las que encontraron los hippies de esa época bendita, en la que ni en las casas de ciudad se cerraba la puerta con llave.


Jordi Jové ha regresado a su Cataluña natal, donde se dedica a la agricultura y a la escritura, aficiones de aparente distinta naturaleza, pero a mi modo de ver, afines. Siempre fue un nacionalista de pro, que escribía “nacionalidad espanyola” en los formularios oficiales y que nunca olvidó el estigma de ser “polaco” (como les decían en tiempos del franquismo de los catalanes) en su mili en tierra africana. Ayer, desde su refugio de Marata, en Franquesas del Vallés me ha enviado una foto en la que se le ve radiante tras echar su papeleta en la urna. Lo he felicitado por haber logrado al fin uno de sus sueños y le he preguntado que hacía entretanto la “autoridad” mientras ejercía su derecho a la autodeterminación. La respuesta fue muy propia de su ingenio: “¿El ridícul?”…

 

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