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Morbo, espectáculo, vergüenza

 

A Babor, por Francisco Pomares 

 

Algunos días, uno se levanta con la impresión de haberse convertido en parte de un ejército de miserables. Ayer fue uno de esos días: hablaba en la radio del vergonzoso papel de los medios de comunicación -para ser justo, de la mayoría de ellos- en el tratamiento morboso de la información sobre la desaparición del niño Gabriel Cruz, y la detención de su presunta asesina. Un colega más joven que yo me dio la razón, para acto seguido decir que los medios no pueden hacer otra cosa, que tienen la obligación de informar, que la información es necesaria en las sociedades libres y democráticas y bla, bla, bla? No suelo quedarme callado, pero apenas balbuceé una respuesta. Si los periodistas jóvenes ya no son capaces de ver la diferencia entre información y espectáculo, es que hemos perdido la partida.

 

Los medios de comunicación tienen que informar de lo que ocurre. Ese es el sentido del servicio público que prestan. Y los medios privados deben además ganar dinero al hacerlo, para poder seguir prestando ese servicio. El problema hoy es que todo se supedita a ganar dinero, y el dinero entra en los medios en función de las audiencias: más audiencia logra un medio, más dinero entra en publicidad. El objetivo de los medios -de los privados principalmente, pero también de los públicos, contaminados por la presión de los privados-, es ganar la pelea de las audiencias, y a ese objetivo se supedita absolutamente todo. Lo que Telecinco hizo el domingo, esa explotación morbosa, sensacionalista y repugnante del asesinato de Gabriel, debería figurar como ejemplo de lo que no deben hacer los medios de comunicación al ofrecer una noticia sobre la localización del cuerpo de un niño desaparecido y la detención de quien le secuestro. Por desgracia, lo que hizo Telecinco es hoy el manual del que copian en mayor o menor medida las televisiones y radios, e incluso muchos de los medios escritos: espectáculo, morbo, especulación, movilización de los sentimientos más irracionales, ira, rabia, xenofobia, deseo de venganza, y retransmisión en tiempo real de los acontecimientos, altas dosis de sensiblería, nulo análisis, nula interpretación, uso de todos los recursos para fijar la audiencia y mantenerla todo el tiempo posible.



¿Es necesario realmente una programación continuada de varias horas de prime-time para contar lo que ocurrió ayer? No, habría bastado con decir que la Guardia Civil consiguió localizar el cuerpo sin vida de Gabriel y a la persona probablemente responsable de su muerte. Todo lo demás no es servicio público, es un culebrón repugnante, al que la televisión nos tiene cada día más acostumbrados. La historia de la negra malvada (con el añadido de perfiles especulativos y fantasiosos que no voy a repetir aquí) monopolizó las sobremesas familiares del domingo, las tertulias radiofónicas y televisivas de ayer, y sus secuelas -también las penales y políticas- seguirán dando juego a los medios hasta que aparezca otro asunto morboso con renovado gancho.

 

Eso no es un servicio público: es morbo y espectáculo, es la vergüenza de un formato de periodismo que explota el sufrimiento de las víctimas y se enfanga en la miseria de los culpables, para ponerse al servicio exclusivo de las audiencias, la publicidad y el dinero. Un periodismo que no es periodismo, sino la más pedestre y mezquina telerrealidad que puede hacerse. Un periodismo que no informa, pero nos deforma. Un periodismo que algunos creen inevitable, y otros queremos denunciar, conseguir que sea rechazado socialmente y desterrado de nuestros hábitos sociales. Porque esto no es un servicio que se presta a los ciudadanos. No es información, es un culebrón corrosivo y repugnante. Es basura.

Comentarios (1)  



Comentarios  

# Vicente 14-03-2018 17:15
Cuanta razón señor Pomares
Yo últimamente apago la tele y la radio con demasiada frecuencia , para no contribuir a este espectáculo
Felicidades por su artículo
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