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Ronaldo no tiene quien le escriba

Antonio Salazar

 

Dice el respetado economista Carlos Rodríguez Braun que “el mejor amigo del hombre no es el perro, es el chivo expiatorio”. La actuación de la Agencia Tributaria ha mostrado que el aserto es válido al actuar contra muchos famosos, particularmente futbolistas aunque no solo, con una saña llamativa. Lo puede hacer porque si hay algo mucho más español que el fútbol es la envidia y los más afortunados deportistas de la nación gozan de unas condiciones de vida inimaginables para el común de los mortales. La razón de su superlativo éxito estriba en la escasez relativa de personas con sus cualidades en un mundo con una enorme demanda de ese tipo de talento. Nada que no pueda fácilmente explicarse, al menos mucho más que aquellos que pagan sus cuotas de TV y, al tiempo, critican que parte de esos colosales ingresos terminen engrosando las cuentas de tan eminentes deportistas.

 

Los futbolistas hoy son las folklóricas de hace años, Ronaldo es tratado como lo fue en su día Lola Flores. La Agencia Tributaria no busca justicia, quiere escarmientos que amedrenten a personas normales, con ingresos normales y que puedan tener la tentación de eludir, que no evadir, impuestos. Lo primero no es un delito, lo segundo sí. Eludir lo hacemos todos, cuando, por ejemplo, entre dos opciones elegimos aquella que nos permita pagar menos impuestos. Evadir es otra cosa, es evitar que la Agencia Tributaria tenga conocimiento de cualquier operación a la que  estemos obligados.

 

El problema es que para poder tener una planificación fiscal adecuada, se supone que es un derecho que nos asiste, precisamos conocer los criterios de Hacienda, dotando a nuestras acciones de la certidumbre que nos evite ulteriores inconvenientes. No es así, cualquiera siente ante la proximidad de la declaración la misma duda que, con dieciocho años, se planteaba a la hora de entrar en una discoteca. Ibas reluciente pero el margen discrecional del gorila de la puerta podía arruinar tus planes. Los inspectores combinan varios factores letales para nuestra suerte. De un lado, su autoridad y nula responsabilidad si inician una acción que no tenga más recorrido. Por otro, su gusto por la homogeneización que simplifica su trabajo. No menor es que cuentan con bonus por cuotas tributarias descubiertas para aumentar la recaudación. Por último, no menos importante, una caprichosa regulación cambiante que nos hace atemorizarnos ante la sola llamada pues no hay contribuyente que sea capaz de conocer si en realidad cumple con la norma o no. 

 

 

Lo que hemos conocido del caso Ronaldo es la inquina de la fiscal, en comandita con la Agencia Tributaria, y que el jugador se declaró culpable para evitar daños mayores, un pacto mediante el cual no ingresa en prisión pero es presentado como delincuente ante la opinión pública.  

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