Actualizado: Mayo 18, 2012 - 3:05 pm .
“El capitán desapareció, pero no sólo físicamente: no se le escuchó ni la voz”
Lancelot Digital
Vídeo: Lancelot Televisión
Audio: Lancelot Radio Onda Cero
A las 12:26 de este lunes aterrizaba en el aeropuerto de Guacimeta el vuelo de Spanair que, procedente de Madrid, trajo de vuelta a Lanzarote a Teresa Curbelo, Benito González y su hijo de ocho años, Pablo, después de la odisea que les tocó vivir desde el viernes por la noche, cuando el crucero en el que viajaban encallaba en la costa italiana y dejaba un saldo de al menos seis muertos.
Catorce minutos más tarde, a las 12.40, los tres podían fundirse finalmente en el ansiado abrazo con sus familiares, que aguardaban expectantes ese momento.
Tras el intercambio de besos, caricias y varias lágrimas -pero también muchas sonrisas y algunos suspiros-, Teresa atendió a la prensa para confirmar todo lo que había adelantado hacía varias horas Lancelot Digital a través del testimonio de su hermano José: la dramática situación que vivieron los más de 4.000 pasajeros del crucero Costa Concordia cuando el capitán y el resto de ‘responsables’ de a bordo los dejaron prácticamente abandonados a su suerte, las peleas por conseguir un salvavidas o un lugar en los botes de emergencia y -en su caso particular- la incertidumbre que tuvo que soportar durante aproximadamente dos horas que perdió el rastro de su marido y de su hijo.
Precisamente esas “dos horas en las que no supe nada de ellos, si estaban vivos o muertos” fueron “lo peor” que le pasó a Teresa dentro de todas las calamidades que soportaron esa noche, según contaba ella misma a su llegada a Lanzarote. Es que “cada uno eligió un camino diferente: yo opté por la salida de emergencia que llevaba a los botes, y mi marido se llevó al niño al camarote. Al final estaba yo más nerviosa que ellos, porque ellos hacían caso a lo que decían por megafonía para tranquilizar a todos, pero yo veía desde afuera cómo nos estábamos hundiendo“.
La mujer ha revelado también que, ante la falta de coordinación existente, fue un pasajero argentino el que puso un poco de orden en la evacuación y que el bote -en el que lograron reunirse de nuevo con Benito y Pablo- lo trasladó hasta la costa un cocinero del barco.
El suyo era el último bote que salió del crucero ya medio hundido. Era el número 17 y puso rumbo a la costa cerca de la medianoche, con más de 200 personas a bordo. Ya casi a la 1 de la madrugada tocaron tierra firme, en la pequeña isla de Giglio, donde las pocas personas e instituciones que la pueblan se volcaron con los náufragos y les prestaron todas sus atenciones, según la familia lanzaroteña.
Todo lo contrario encontraron de parte de la Embajada española en Italia. Teresa y Benito quedaron muy disconformes con su actuación, porque “veníamos la atención que recibieron los alemanes de su Embajada, la de Japón les dio hasta comida y ropa, y la nuestra nada. Yo tenía sólo un polar que me dio Protección Civil”.
Por lo pronto, la familia ya tiene decidido demandar judicialmente a la empresa Costa Cruceros, responsable del accidentado viaje. Es que, entre otras cosas, tras el accidente “el capitán desapareció, pero no sólo físicamente: no se le escuchó ni la voz, porque cada vez que decían algo era ‘en nombre del capitán se comunica…’”, recuerda Teresa. Además, trataron de ‘engañar’ a los pasajeros porque “decían que era un problema en el motor, pero no podía ser porque yo veía cómo nos íbamos hundiendo”.
Por su parte, Benito González señalaba -también a su llegada al aeropuerto- que, a pesar de que al mediodía de este lunes, una vez desembarcado en la isla, el pequeño Pablo era todo sonrisas ante la prensa y junto a sus familiares, es el más afectado por la experiencia y que no ha podido conciliar bien el sueño desde entonces.
“El niño lleva tres noches durmiendo conmigo y creo que psicológicamente es el peor”, ha apuntado, reconociendo que para ellos “fueron horas angustiosas” las que vivieron desde el momento del choque hasta terminar sanos y salvos en la isla de Giglio.
“Mi mujer, el niño y yo estábamos cenando. Lo primero que pensé fue que se habían parado los motores de golpe, porque fue un golpe fuerte y como un frenazo. Se fue la luz y por megafonía dijeron que era un problema de algún alternador, pero se escoró el barco, empezaron a caerse todos los platos y todo el mundo salió por la escalera hacia arriba. Nosotros también salimos corriendo y mi mujer y yo nos perdimos y estuvimos dos horas sin encontrarnos. Fueron dos horas angustiosas, porque yo iba con el niño y el niño pedía a su madre, porque veía nervioso a todo el mundo”, relataba González.
También contaba que “en el bote fue alucinante: cuando se abrió, la gente se tiró en tromba para salvar sus vidas, porque el barco se había escorado mucho y ya habían pasado tres horas. Había descoordinación porque los marineros apenas sabían del tema. No dejaron entrar a niños primero ni nada: todo el mundo a salvarse. Yo vi todo el panorama porque entraron mi mujer y el niño y yo me quedé por último”.
COMENTE ESTA NOTICIA
La oí hoy en lancelot tv, que valentía y que dulce contando con normlaidad y sin estridencias lo acaecido…Felicidades
felicidades por salir bien parados,pero ¿que hacia un niño en época escolar de crucero? ¿falta justificada o vista gorda?
enhorabuena por poder contarlo!! a volcan decirle que el pero se lo puede ahorrar,me prece de verguenza que de toda la noticia tu malgastes tu tiempo y te centres sólo en ese cojmentario nque indigna.. pues por eso como es niño puede tu seras un adulto sin posibilidades de eludir responsabilidades y eso te tiene frustrado pero no todos pueden coincidir las vacaciones con sus hijos y disfrutar en familia!