Actualizado: Mayo 21, 2012 - 7:16 pm .
EL FORO DE LOS BALBOS. Por Mar Arias Couce
En casa hemos entrado en la etapa de los dinosaurios. No sé si les pasa a todos los niños, a la mayoría de los que yo conozco les ha pasado. Llega un momento, en que dejan de lado coches, legos, puzzles y hasta las bicicletas, para dedicarse en cuerpo y alma a esos reptiles de tamaños imposibles que pueblan en estos momentos todos y cada uno de los rincones de mi vivienda. Muñecos, libros, tarjetas con la historia de cada uno de ellos, pegatinas y por supuesto, las películas.
Teniendo en cuenta que la criatura tiene cinco años, no resulta extraño que después de ver en la televisión la primera parte de la saga de Jurasic Park (película que, como suele ocurrir, reponen cada cierto tiempo, por si a la población, así en general, se nos ha olvidado que es superpeligroso embarcarse en una aventura en la que te llevan a una isla habitada por dinosaurios a los que, por cierto, han dado vida gracias al ADN de un mosquito –para que te fíes tú de los mosquitos, que lo mismo te pica uno portador de semejante cosa y te conviertes en ‘superdino’, nada que ver con los supermercados de marras, eso sí-), a las tres de la mañana estuviera con los ojos como platos y se empeñara en que le contara las diferencias entre el Tiranosaurios Rex y el Velociraptor (algo que por otra parte todo el mundo sabe, ¿no es así?).
Ha dejado de lado sus cromos de la selección española, aparcando a Messi y a Casillas, en beneficio de estos bichos amenazantes que, afortunadamente, los comercializan en tamaño de bolsillo. Si el pequeño duerme abrazado a sus palas y sus raquetas de tenis, el mayor se lleva a la cama a toda sus colección de reptiles, y los tapa por si se constipan (no me acabo de imaginar a un diplodocus con su paquete de pañuelos de papel, tomando un frenadol para que la cosa no se ponga peor). Claro que el otro, que no se deja tapar ni de broma, también abriga a las raquetas, no sé bien por qué motivo.
Entre los regalos que sus majestades los Reyes dejaron en sus zapatos estas navidades, destacaba (al menos para él) una lata con un dibujo de dinosaurio en su exterior, repleta de fichas con las características y peculiaridades de cada uno de esos lagartos gigantescos que poblaron la tierra en un tiempo remoto. Cada día, hay que leerle una ficha y él la memoriza, supongo que con la idea de identificarlos si se encuentra algunos por la calle. Quiere ver todas las películas en las que aparezca y después de ver King Kong en la tele, imagina luchas increíbles entre el mono gigante y cualquiera de sus superlagartos.
Claro que después de ver el otro día como se hundía un crucero ante las cámaras, al más puro estilo Titanic, sólo que con un capitán menos aguerrido, no me extrañaría nada que en un tiempo descubran una isla en la que conviven bichos imposibles. Allí mandaba yo a más de uno. Por el momento, me limito a ordenar a los bichejos que pueblan mi casa. Qué remedio.
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