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Galdós y el poder del pueblo

Mar Arias Couce

 

Escuche aquí la columna 

 

 

 

Muchas veces se nos olvida la fuerza que tiene el pueblo. La fuerza que tienen los ciudadanos por el mero hecho de serlo. Es descomunal, pero no somos conscientes de que nosotros tenemos la última palabra. El problema es nuestra falta de seguridad y nuestra desmemoria. Esto mismo lo pensaba ayer cuando estaba leyendo/estudiando, o estudiando/leyendo, no sé bien cuál de las dos cosas hacía, sobre Benito Pérez Galdós. Es bien sabido que el ilustre escritor canario, nacido en pleno corazón de Vegueta, en Las Palmas, se fue a Madrid a estudiar derecho con apenas veinte años y se enamoró de la capital. De Madrid y de sus habitantes, y sobre ellos se dedicó a escribir. No estaban los ciudadanos de clase media y baja acostumbrados a ser protagonistas de las historias de los ilustrados novelistas, y no de una, o de dos, sino de tantas y tantas como él escribió, Fortunata y Jacinta, Misericordia, Miau, Doña Perfecto y 46 episodios nacionales, ni más ni menos, novelas en las que contaba lo que le pasaba a esa gente de la que nunca se hablaba. Supo ver a las mujeres cuando nadie las veía, y crear personajes femeninos tan inolvidables como Benina o la propia Fortunata.

 

 

Era un escritor querido, pero también un hombre muy político, que dijo cosas que algunos no querían oír. Precisamente su significación política como hombre liberal y republicano le puso en contra a los conservadores que le privaron del más que merecido Nobel de Literatura que le deberían haber otorgado. No solo eso, además se negaron a darle los funerales de Estado que hubiera merecido alguien de su categoría literaria, de su prestigio y reconocimiento.

 

Es cierto que las posteriores generaciones literarias le devolvieron el crédito hurtado, pero no es eso a lo que yo me quiero referir hoy. Lo que me emocionó es ver la fotografía que recoge al pueblo de Madrid acompañando el féretro de su escritor. Murió ciego, y arruinado, los que le querían hicieron colectas económicas para ayudarle. Pero su pueblo supo hacer justicia al literato. Al que hablaba de ellos, el que contó sus penurias y miserias. Al escritor que habló de la condición humana… 20.000 madrileños, y ya sabemos que de Madrid es todo el mundo que lo desea y allí vive, acompañaron a Galdós en su último paseo en este mundo. Y le dieron el entierro que merecía nuestro Nobel canario, porque, aunque nunca llegó a obtener el insigne premio, sin duda fue un auténtico premio Nobel.

 

 

La imagen me recordó el poder que tenemos de hacer bien las cosas y de reivindicar lo que es justo. Sirva esta humilde columna como homenaje al gran escritor que fue, pensaran lo que pensaran sus competidores políticos y rivales literarios.

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