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Profesor, ¿puedo ir al baño?

 

Guillermo Uruñuela

 

Llegó el día. Se abrió la puerta del aula donde esperábamos unos alocados e imberbes universitarios, acompañados de unas jóvenes mucho más sosegadas; por eso de la madurez, supongo. Y apareció un tipo con coleta, vestido con un traje de emergencias, con pulseras y un arete oscilante. Javier Chivite.

 

Desde el día uno me cayó bien el tipo. Curraba en el gabinete de comunicación del 112, en Madrid, y también impartía clases en la UCJC de alguna asignatura que ya no recuerdo pero que debí de aprobar.

 

De él, una década después, recuerdo una frase especialmente útil en los tiempos que corren. En una corrección de textos comentó algo así como que teníamos la obligación, como profesionales de la palabra, de ser precisos y correctos, pero a la vez lo suficientemente claros para que nos entendiera nuestra abuela. Un gran consejo.

 

Cañamero, Patricia, Huertas, Lucía Méndez -articulista de El Mundo- todos ellos aportaron. Mucho o poco. Valioso o parcialmente desechable, pero a fin de cuentas nos estaban entregando algo muy valioso; su experiencia y su conocimiento.

 

Luis Dial, un plumilla, un caballero, ya mayor en aquellos tiempos, sólo repetía: “lean”. Punto y final. Chicote se convertía por momentos en un tipo difícil de tragar, sin embargo, marcaba las distancias con una soberbia que te atrapaba. Lo veía como un fuera de serie y mejoré mucho en su “Periodismo de Investigación”; fui capaz de pasar del 1,5 en junio al 3 en septiembre. Al año siguiente lo sorteé.

 

Me acordé de todos por un inofensivo comentario en redes en el que Javier se alegraba de mi situación laboral. Cada uno tuvimos que poner lo nuestro para sacar la cosa adelante, sin embargo, soy consciente de que me he convertido en un producto final que cuenta con un poco de cada uno de ellos.

 

Pero también de Sandra, Juanín, Piluca o de Marisa, aunque siempre fuese muy limitado en la lengua de Shakespeare. También de Gregorio que me amenazaba, en esa etapa colegial, con decírselo a mi padre en misa de 9:00, el domingo. Otros tiempos en una villa asturiana. Daniel me permitía llegar siempre tarde; recuerdo su persona, pero no lo que me contó de las mitocondrias.

 

 

Estoy muy agradecido a todos ellos e incluso a los que no he citado condenándoles al olvido por mi mala cabeza. Incluyo por supuesto a Nonast, profesor de lengua, que cuando le preguntabas si podías ir al baño te respondía, “mira a ver si puedes”. Avergonzado te levantabas del pupitre y a tu regreso con el rostro de pardillo desencajado, te sonreía y decía en alto. “Enhorabuena, veo que has podido”. Tenía humor fino el cabroncete.

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