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El ‘modo canario’ (a ratos)

Francisco Pomares

 

 

El primer día del debate suele ser el más interesante: interviene el presidente del Gobierno por la mañana, y en la sesión de tarde le contestan los portavoces de la oposición y hay un juego de réplicas y contrarréplicas que es el que de verdad permite algo parecido a un debate. El discurso mañanero de Clavijo fue demasiado largo, como era de esperar: tiene que caber una frase por cada problema de la región, por cada política del Gobierno, por cada departamento de la Administración. Un discurso presidencial en nuestra región está lejos de parecerse a una pieza oratoria, tiene más de complicado puzzle que encaja objetivos e intereses. Y suele resultar moroso, lo lea quien lo lea, y en el caso de Clavijo, más. No es lo suyo leer discursos, y eso que el hombre ha mejorado y ya no se traba ni se equivoca. Pero la enumeración de tamaño catálogo de intenciones podría aburrir a cualquiera.

 

Dicen que hacer un buen discurso -como un buen artículo- es como hacer una morcilla: da igual lo que metas dentro, pero tienes que atarlo bien por los dos extremos. Clavijo lo empezó como debe empezarse un discurso de inicio de legislatura –este es el primer debate de la cosa-, explicando las diferencias que va a tener su Gobierno con los anteriores (con el anterior, sobre todo), y no fue demasiado imaginativo. Plagió una de sus más queridas afirmaciones del pasado: el Gobierno no ha venido a hacer más de lo mismo, ni a lamentarse, ha venido a cambiar las cosas, a hacer que sucedan, a impulsar las transformaciones que requiere Canarias. Y va a lograrlo cambiando el -¡ay!- paradigma: en vez de considerar que en el Parlamento hay varios bandos, lo que va a hacer el Gobierno es actuar como si hubiera un solo bando, el que busca lo mejor para su tierra, bando en el que, en un ataque de generosidad y buen rollito, Clavijo incluyó todos los partidos –citó expresamente al PSOE y Nueva Canarias-, a los ayuntamientos, los cabildos, las universidades (las públicas, las otras no las mencionó), los sindicatos, la patronal y el tercer sector. Todos ellos juntitos huirán de la bronca, el ruido y el enfrentamiento de la Corte, que no aporta sino resta. Luego aclaró que eso es el ‘modo canario’ de hacer política, un modo “que permite mejores y más rápidos resultados”. Tierno.

 

Su claque le aplaudía estas afirmaciones autoplagiadas –y otras muchas- palmeando sobre el escaño, que es la forma que tienen hoy en el Parlamento de aplaudir sin cansarse ni parecen palmeros. Después, Clavijo metió en el discurso todo lo que cabía (lo tienen ustedes en el periódico, en esta morcilla mía no me entra) y cerró su embutido bien prieto con dos vueltas de cantos primorosos a la Canarias próspera, innovadora, solidaria, y fetén en que vivimos.

 

Se lo puso a huevo al primero de la tarde, el socialista Chano Franquis, que dedicó sus buenos diez minutos a explicar que los socialistas son más honrados que nadie, que les repugna mucho la corrupción, que los sociatas de aquí están todos limpios de polvo y paja, sin mácula, fuera de los tribunales y a punto de entrar en el santoral. Fue un tanto chocante esa parte de la intervención, porque nadie había hecho la más mínima mención a las andanzas subtropicales de Koldo, pero Franquis optó por poner la tirita antes que la herida, cada cual tiene sus estrategias.

 

Los socialistas aplaudieron mucho en esa parte, pero más aún cuando Franquis se dedicó a desmontar con sus cifras y sus datos el mapa ilustrado de Clavijo sobre la región próspera, innovadora, solidaria, etcétera, y cubrirlo de roña. La verdad es que fue una intervención bastante alejada del ‘modo canario’, que provocó lo que todo el mundo esperaba para poder superar el muermo mañanero: una respuesta aparentemente educada y correcta, pero presidencialmente demoledora, de un Clavijo crecido en las réplicas como suele. Al final del encontronazo, lo único con algo de gracia del día, Clavijo volvió al ‘modo canario’, se refirió en términos elogiosos a su colega Franquis, recordó la gran amistad que les une y otras suavidades similares. Se permitió alguna sobrada maldad lagunera, como la de recordarle a Franquis (defensor en el pasado de un entendimiento en Canarias entre los socialistas y Coalición) cuánto había pagado por ello, y aquí paz y en el PSOE la sensación de que no les salió la bronca nada bien.

 

Luego fue el turno de Nueva Canarias e intervino Luis Campos, que empezó por Ucrania, Palestina y el Sahara, política internacional de altura, pero sin lucimiento, no como solía Román Rodríguez. Antes de que acabara, la gente había empezado a irse. Cuando le tocó el turno al de Vox ya no quedaba de público casi nadie.

 

El ‘modo canario’ sigue hoy. Había cierta curiosidad por comprobar si el PP se pone versallesco o se cobra Gurtell y la moción de censura al indecente Rajoy, que ayer andaban con ganas.

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