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Mi perdón

Guillermo Uruñuela

 

Caminamos por el mundo como almas errantes. En la mayoría de las ocasiones nos regimos por mecanismos autómatas establecidos e implantados aún no sé muy bien por quién. De hecho, seguramente, esta cuestión no pueda resolverse con un nombre en particular y responda a una evolución que nos absorbe.

 

No podemos vivir sin teléfono móvil. El dichoso aparato nos ha arrebatado una parte de nuestro ser; incluso me atrevería a afirmar que no sólo ha cambiado la forma en la que nos relacionamos y nos comunicamos sino que en cierta manera nos ha nublado parcialmente el seso. Huelga decir que los móviles pertenecen a una corriente imparable que tiene un sinfín de beneficios, aunque uno a veces se plantea, si los perjuicios llegan a superar las alternativas que aportan.

 

Me molesta profundamente que las conversaciones con mi amigo Miguel se vean interrumpidas constantemente por ese mensaje que llega. Por la manera en la que lo lee, siento que será de vital importancia, cuando en realidad se trata de un distorsionador seguramente prescindible. Al igual que cuando uno se ve obligado a tomarse una foto en un enclave determinado, distrayendo su atención, en el instante que sólo pretende disfrutar del momento. -Carpe Diem. Qué iluso, Horacio-.

 

 

Cito a Miguel porque desde mi llegada a Lanzarote ha sido la persona con la que más he conversado sobre diferentes y variados temas. Poder reflexionar y debatir, hoy en día, es algo que valoro especialmente.

 

El vacío que se crea en torno al teléfono embobece al que lo lee y más aún al que se queda con la palabra en la boca. Y es que tenemos una dependencia insana. No podemos estar más de diez minutos sin mirar el móvil. Es más, inténtenlo; ya verán cómo les cuesta. Todos, cortados por el mismo patrón. Todos, organizados dentro de un engranaje del que no podemos escabullirnos.

 

Pero más allá del hecho de colgar en mayor o menor medida nuestras vidas en las redes (eso daría para otro artículo). De someternos a una esclavitud aceptada y asumida. De convertirnos en entes clónicos. Lo peor de todo, o donde considero que más afecta el uso del móvil, es en el tú a tú. En las reuniones con familiares, con tu pareja; en las tardes de parque con los críos o en el café con un amigo. Y también sostengo que el primer paso para mejorar algo es reconocer el error, pedir disculpas si has herido a alguien con tu comportamiento y poner remedio. Por eso considero que todos merecemos un perdón, en la misma medida que debemos una disculpa.

 

 

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