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Rafael Hernández, enamorado de Alegranza

Como marinero no sólo ha viajado en pequeños y grandes barcos de pesca, también recorrió el mundo como tripulante del Juan Sebastián Elcano

 

  • Lancelot Digital
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    El islote de Alegranza es la niña de sus ojos. Es su lugar en el mundo, ese pequeño remanso de paz y belleza que lo encandila. La tierra mágica de Oz en la que aún es posible detener el tiempo sin varitas de hechicero. Si pudiera volvería a ese islote. A recordar lo que vivió y los extraños amigos que hizo, como el goloso albatros que creyó ser un perro.

     

    Rafael Hernández no pierde la ilusión de volver a vivir en Alegranza. Se acuerda de aquellos años, la infancia maravillosa que pasó en el islote. Rodeado de naturaleza, de aves que llegaban heridas y que él cuidaba, y a las que  daba de comer. Jamás olvidara la aparición de un albatros magullado, que acogió y educó como a un perro fiel. Esa amistad llegó a tal punto que aquella ave glotona en realidad llegó a creer que de verdad se había convertido en un fiel guardián. Un perro con alas que acompañó durante meses a aquel chico tan resuelto. Y solitario. Quizás por eso aquel reducto pequeño y alejado fue su paraíso, la tierra mágica de Oz.

     

    Sus hermanos mayores y los torreros que se encargaban del faro no sentían tanta pasión por Alegranza. Y a veces, tal vez cansados o aburridos de tanta paz, se subían a bordo de una barquilla, y a remo, regresaban por unas horas a Caleta de Sebo.

     

    Él no. Rafael, el hijo pequeño del ayudante del torrero,  no necesitaba salir de allí. Tenía todo lo que alguna vez soñó en aquel territorio aún por explorar.

     

    La infancia acabó pronto y tuvo que volver a la Graciosa. Había que ayudar en la mar, en los barcos de pesca que tenía la familia. Y Felo, como lo conocen en el Archipiélago Chinijo,  comenzó una andadura larga, desde los islotes se marchó a la vecina África. Como hicieron tantos marineros canarios, navegando tan lejos de casa.

     

    La pesca en Lanzarote y La Graciosa cambió con la llegada del hielo. Los marineros dejaron de abrir el pescado, limpiarlo y cubrirlo de sal. Los mercados pedían pescado fresco, y el atún pasó a convertirse en la pieza más demandada. Un pez que debe cogerse a caña, con fuerza, maña y buena carnada.

     

    Rafael Hernández lleva la pesca en las venas, y reconoce al instante las distintas artes. Y la dureza de una profesión que no tiene fin.

     

    La aventura forma parte de la vida de este marinero. No sólo ha viajado en pequeños y grandes barcos de pesca también recorrió el mundo como tripulante del Juan Sebastián Elcano. Tuvo que hacer el servicio militar a bordo de este impresionante buque escuela de la marina española.

     

    Fueron tantos los puertos por los que pasó, que ahora apenas se acuerda. Le gustó Nueva York, porque allí le resultó fácil moverse. En compañía de sus compañeros de singladura recorrió aquellas calles, las avenidas gigantes, los edificios interminables, el puerto atestado de barcos. Y a pesar de esa estampa tampoco le da demasiada importancia. Rafael prefiere remansos más tranquilos, islas pequeñas. Tierras aún por explorar.

     

     

    Rafael Hernández sigue añorando su islote. Tal vez no lo sabe, pero se parece mucho al personaje de Robinson Crusoe, aquel hombre que vivió alejado de la modernidad y del ajetreo, inventando una realidad paralela. Y es que Alegranza, a simple vista, parece, que es un lugar tan mágico, que debe estar fuera de este mundo.