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Un fragmento de la cotidianidad

Andrea Bernal

 

Lo más peligroso.

 

 

He olvidado las llaves del coche en la oficina. Su cascabel suena en mis oídos mientras troto por las escaleras, me precipito, subo a la cuarta planta.

 

Recuerdo las llaves por el sonido vital, el doméstico, el intranquilo, el inevitable.

 

-¿Y qué sientes al llegar a la cocina? Me preguntó una vez mi compañera de trabajo, Claudia.

 

A toda pregunta tranquila, inocente, debemos la mayor sabiduría, la mayor amenaza.

El silenció mi invadió. Después, un ámbito íntimo de confianza con ella, a quien solo conocía hace cuatro meses, hizo pensar una respuesta.

 

-La ensalada entre mis manos. Parece que estoy introduciendo mis dedos en una selva.

 

 

Él está con el niño. Lo zarandea y dice “Ya…ya…ya” “Ya viene mamá”.

 

Le oigo desde la cocina. El sonajero como un taladro en mi cabeza.  No sabe bien qué hacer.

 

Ese “ya viene mamá” me angustia. Me precipito a mirar el horno. El pollo debería estar casi listo.

 

Soy una pésima cocinera, siento una apatía tremenda en el momento que pongo mis pies en las baldosas grises de la cocina.

 

A veces proyecto mi futuro con él. Me imagino haciendo una ensalada, con las hojas verdes entre las manos. A veces me imagino así.

 

Claudia se ha mantenido en silencio, pero de pronto dice:

 

-Lo peligroso, lo más peligroso, es imaginar.

 

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