¿A qué precio?

Erica Cerdeña
¿Alguna vez has tenido una pareja que, al dejarla, todo se vuelve tranquilidad?
De repente parece que hasta baja tu presión arterial. Desaparecen ansiedad y problemas digestivos. Vuelves a dormir mejor. Incluso te sientes físicamente agotado, como si hubieras hecho mucho ejercicio el día anterior y ahora el cuerpo pidiera descanso.
Separando la tristeza y otros factores que seguro han podido afectar a la relación, me quedo con ese ejemplo de ‘ligereza post-ruptura’ para contarte algo curioso.
No me estaba encontrando bien, para nada, y aparentemente todo sí que iba bien. “¿Qué me está pasando?”, pregunté.
Tras varios días dándole vueltas a una idea, buscando información, terminé por encontrar algunos estudios científicos que sugieren una reacción corporal cuando percibimos mentiras o información dudosa, incluso cuando no somos conscientes de que estamos ante un engaño.
Uno de los estudios, publicado en 2015, observó que la temperatura de la piel de los sujetos disminuía cuando escuchaban a alguien mentir, incluso cuando los participantes no sabían que era mentira. En otras palabras: el cuerpo detectaba algo raro antes de que la mente lo entendiera.
Otro estudio de 2025 se centraba en analizar las reacciones fisiológicas de personas que evaluaban afirmaciones verdaderas o falsas. Simplificándolo mucho, los investigadores se dieron cuenta de que en este caso, cuando las personas procesaban afirmaciones falsas, su cuerpo mostraba cambios fisiológicos medibles. Es decir: trabajaba más.
El cerebro está constantemente evaluando si lo que escuchamos es fiable o no, y ese proceso consume recursos mentales, muchos más si ‘algo no cuadra’. De hecho, varias investigaciones en psicología cognitiva han demostrado que procesar mentiras o detectar inconsistencias exige más esfuerzo mental que procesar información verdadera.
No significa que tengamos un detector de mentiras perfecto, ni mucho menos. Pero sí que nuestro organismo parece tener una especie de sistema de vigilancia que reacciona cuando percibe incoherencias.
Y ahora procura no pensar en tu ex, aunque sé que es difícil. ¿Alguna vez has prestado atención a las reacciones de tu cuerpo cuando escuchas un discurso político, una promesa electoral, o una noticia?
Ésa era la idea que me rondaba al hacer la búsqueda de estos estudios: “Escuchar mentiras hace daño”.
No voy a generalizar. Ni todos los políticos mienten, ni tampoco los medios de comunicación, que muchas veces se limitan a repetir lo que dicen los primeros. Pero, ¿acaso nos está costando más distinguir la verdad? ¿Está nuestro sistema de vigilancia anti-mentiras un pelín saturado?
Tengo la sensación de que, desde las tribunas más elevadas hasta las menos, se ha ido perdiendo una ley básica y obvia: decir la verdad.
Muchos quieren hacernos tragar mentiras, envolviéndolas en porvenir, sin masticar primero las apremiantes necesidades del hoy. Te hablo de la vivienda, y de más cosas.
A los que andan prometiendo falacias y retorciendo la verdad no lo sé. Pero, a quienes vivimos trabajando de más para adivinar si esta será ‘la buena’ nos empieza a reconcomer una duda al escucharles: “¿A qué precio?”.