Martes, 07 Julio 2026
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Guillermo Uruñuela

 

Esta expresión la escuché hace ya tiempo en boca del gran Montero. Dentro de sus perlas futbolísticas siempre se despide de sus oyentes con esa frase; “abrazo de gol”. Parece una coletilla sin más trascendencia, pero en el fondo, estas tres palabras guardan en su interior mucha verdad.

Me di cuenta un día que me detuve. Estaba perdiendo el tiempo viendo estos vídeos cortos que nos ofrecen las redes sociales y hacía alusión al tema de una forma profunda, acompañando la voz argentina con una música melancólica que me atrapó. Tengo que reconocer que me llegó a emocionar porque supongo que a cada cual le tocará la tecla aquello con lo que se sienta representado. Y en mi caso, el fútbol forma parte de mi ser.

El chico que hablaba al micrófono relataba una gran verdad. No existe ninguna relación que uno pueda desarrollar fuera del terreno de juego que sea tan sincera como la que se fragua en el interior de un vestuario. En ese vídeo el susodicho le preguntaba a si interlocutor si alguna vez se había abrazado con su cámara después de cerrar una gran entrevista. Éste le contestó como era de esperar que no.

En la cancha, los 25 tipos de un vestuario dejan por un momento su vida a un lado para ser todos iguales. Se crea un compromiso no escrito, unos nexos familiares, una empatía descomunal. Porque todos hemos estado en el bando de los titulares, en el de los suplentes, en esos días donde somos protagonistas y otros donde ni la cabeza ni las piernas carburan. A veces sale todo mal y otras especialmente bien. Los errores son una constante y por cada gran victoria existen cientos de derrotas que se han digerido en el silencio sepulcral de las duchas.

Tengo la capacidad de adaptarme con relativa facilidad a casi todo. Así me lo ha exigido mi vida o quizá la vida que he elegido es precisamente esta que no excluye a nadie y busca la parte buena de las personas. Cuento con muchos conocidos y pocos y buenos amigos, pero desde que abandoné el fútbol en activo, he perdido algo que no podré encontrar fuera del verde. Y es que esa amistad sin fisuras, forjada en el barro, ya no volverá.

Por eso, aquel tipo del micrófono tenía razón. Lo puedo confirmar. He estado más de 20 años sin ver excompañeros y cuando la vida te brinda la satisfacción de poder coincidir nuevamente, ese abrazo, cargado ya de kilos y de recuerdos, no es un saludo al uso. Es un abrazo de gol.

 

 


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