Abrir en domingo

Antonio Salazar
Santa Cruz lleva demasiado tiempo preguntándose por qué pierde centralidad comercial mientras adopta decisiones que contribuyen precisamente a perderla. El debate sobre la apertura dominical vuelve a ser un buen ejemplo. No estamos ante una discusión sobre si alguien debe ser obligado a abrir los domingos. Se trata exactamente de lo contrario: de decidir si quien quiere abrir puede hacerlo y si quien quiere comprar tiene derecho a elegir cuándo.
La situación resulta especialmente absurda en la capital. El casco histórico es Zona de Gran Afluencia Turística desde 2011 y disfruta de libertad de horarios, mientras las grandes superficies de Cabo Llanos están sometidas al calendario general de aperturas autorizadas.
La resistencia de una parte del pequeño comercio resulta comprensible desde sus intereses, pero mucho menos desde el interés general. Durante demasiado tiempo determinados comerciantes han dedicado más esfuerzos a capturar al regulador que a conquistar al cliente. Y cuentan con una ventaja nada despreciable: ellos votan e influyen en Santa Cruz; las grandes superficies, no.
El mecanismo es viejo. Cuando resulta difícil competir con otro establecimiento, siempre existe la posibilidad de intentar que la administración limite cuándo puede hacerlo. Se presenta entonces la restricción como protección del pequeño comercio, cuando en realidad quien desaparece de la ecuación es el consumidor. Y consumidores somos todos.
El pequeño comerciante también lo es cuando termina su jornada y necesita comprar algo. También sus empleados. También quienes trabajan de lunes a sábado, los turistas, los cruceristas o las familias que disponen del domingo para hacer compras. Resulta difícil explicar por qué una administración debe decidir que todos ellos estarían mejor si encuentran determinadas puertas cerradas.
Más llamativo aún resulta contemplar lo que ocurre alrededor. Madrid tiene libertad general de horarios. En numerosas zonas turísticas canarias existe una amplísima libertad de apertura. Y el propio Gobierno de Canarias acaba de autorizar en Santa Úrsula la apertura comercial todos los domingos del año. Nada indica que allí se haya decretado el apocalipsis del comercio local.
Mientras tanto, en Santa Cruz el debate comercial desemboca demasiadas veces en la misma receta: subvencionar la modernización, financiar la transición o inventar programas públicos de «dinamización». Como si el atractivo comercial pudiera decretarse desde un despacho. Y, cuando falla todo lo demás, siempre queda una batucada recorriendo las calles y la ficción de que eso es dinamizar el comercio.
Santa Cruz debería preguntarse qué ciudad quiere ser. Durante décadas fue el gran centro comercial de Tenerife y hoy contempla cómo actividad, consumidores y atractivo se desplazan hacia otros lugares o hacia internet.
Ante ese declive caben dos respuestas: competir para recuperar clientes o levantar barreras y repartir subvenciones para administrar los que quedan.
La segunda puede resultar confortable para algunos comerciantes. Para Santa Cruz es exactamente el camino equivocado.