Martes, 13 Octubre 2026
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Por Guillermo Uruñuela

 

No tengo dudas que llegará un momento en el que el ser humano en sí, o la sociedad tal y como la concebimos no pueda soportar el ritmo. No puedo señalar una fecha en el calendario con una cruz, pero que ese día llegará, no tengo duda alguna y quizá por ese entonces esté todo tan desquebrajado que sea imposible volver a conectarnos con la vida como especie animal que somos.

Me da miedo leer la prensa o seguir la actualidad informativa; y para más inri, cuando ese consumo forma parte de tu actividad profesional diaria, la saturación y la sensación de angustia cada vez es mayor. Porque no estamos hablando de un hecho puntual en un país determinado, todo lo que gira a nuestro alrededor es una especie de virus que está infectando al ser humano, enfermándolo de gravedad no sólo sin que éste se entere, sino que lo promueve.

Las desigualdades son cada vez mayores, la radicalización en todo es una forma de actuar, el poder de lo material ya no es relevante; se ha convertido en único fin. Los niños no juegan y se han convertido en yonkis no sólo a las pantallas, su psiquismo tiende a lo adictivo, a lo nocivo, a lo hiperestimulado.

Los adultos corren por la vida para llegar a todo. Para mantener una nómina, que en la mayoría de los casos les da para malvivir. No tienen tiempo. Se mueren los padres en la distancia, los hijos son desconocidos bien vestidos y adecentados y los hermanos o bien desaparecen de nuestras vidas porque no hay horas en el reloj para detenernos o se convierten enemigos porque el peso de una herencia, con el valor monetario de nuestra existencia, puede arrasar a toda una familia.

Y así seguimos avanzando como anormales, alimentando un monstruo que sabemos que nos está engullendo y cimentando un mundo que nos arrasará. Que nos dejará a merced de los cuadros ansiosos, de las depresiones, de los suicidios y de las farmacéuticas que nos atiborrarán a medicamentos para mitigar los efectos de una patología que se desarrolla hoy en un laboratorio de diseño.

Todo saltará por los aires. Háganme caso.

¿Qué podemos hacer al respecto? Tristemente, creo que nada. Por lo menos concibiendo esta actuación como algo global. El único resquicio de salvación cada cual lo tendrá que buscar en su individualidad. Alejarse todo lo que pueda de todo lo que estamos promoviendo e impulsando. Volver a la esencia será el único camino. Y aquellos que lo hagan podrán encontrar algo de tranquilidad. Aunque este camino no es sencillo.

Yo por lo menos el día que vaya a palmar espero que mis hijos tengan un hueco para acercarse a mi lecho de muerte para cogerme la mano, siendo conscientes de que ese viejo les dio algo que no se toca ni se valora ni se compra. Todo mi tiempo.

 


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