Acongojados

Francisco Pomares
Es difícil discutir la lógica jurídica de la sentencia del ‘caso mascarillas’: 19 años a Koldo, 24 a Ábalos y 4 y medio a Aldama, inductor de la corrupción, que no la cumplirá por haberse convertido en delator de sus colegas y colaborador de la Justicia para enchironarlos. La decisión del Supremo, jurídicamente impecable de acuerdo con las leyes vigentes, resulta sin embargo moralmente polémica y hasta diría que cuestionable. Una sociedad que alienta la delación no es una sociedad sana, por mucho que los resultados de esa delación ayuden a resolver problemas judiciales. En este caso, que Aldama salga de rositas a quien más preocupa es a sus antiguos colegas y amigos, los que se hacían fotos con él: la libertad de Aldama -en un caso que ha concluido con Koldo y Ábalos condenados a pasar más tiempo en la cárcel que algunos asesinos-, es un extraordinario aliciente para que en el PSOE estén bastante acongojados, o sea con los congojos a la altura de la garganta. Al dilema moral que representa el premio a Aldama, se suma el terror que esa decisión ha provocado en la dirección de un PSOE que confiaba en que la aplicación de una omertá militante, les libraría de pasar por capilla.
Lo de Aldama da un poquito de asco, sí, pero la colaboración de un acusado con la Justicia existe en prácticamente todos los sistemas penales modernos. Sin arrepentidos, confidentes o colaboradores, buena parte del crimen organizado, el narcotráfico, la corrupción institucional o el terrorismo, serían más difíciles de perseguir. El Supremo ha aplicado un mecanismo legal previsto para lograr un bien mayor: descubrir la totalidad de la trama y castigar a sus responsables.
Otra cosa distinta es la sensación moral que deja: quien organizó el negocio, cobró millones en comisiones y actuó como corruptor principal, recibe una condena simbólica y evita la cárcel, mientras que sus socios pasarán prácticamente el resto de sus vidas entre rejas. Eso representa un conflicto moral interesante.
Las sociedades mediterráneas -España entre ellas- siempre han mirado con desconfianza al delator. Desde Viriato hasta la mafia siciliana, existe una tradición cultural según la cual, traicionar a los tuyos resulta despreciable, aunque los tuyos sean una panda de golfos delincuentes. Los anglosajones, en cambio, han sido más pragmáticos: si el soplón permite desmontar la organización, se le premia. No porque sea virtuoso, sino porque es útil. La cuestión es si una democracia puede permitirse el lujo de ser moralmente exquisita cuando combate organizaciones corruptas. Porque si la respuesta es que sí, que debe serlo, probablemente muchos casos jamás llegarían a juzgarse. Pero si la respuesta es no, acabamos aceptando que algunos de los peores golfos apandadores del país, obtengan beneficios extraordinarios a cambio de vender a sus cómplices.
Y ahí es donde aparece el acongojamiento del PSOE. No tanto por la condena de Ábalos o Koldo, que ya eran escenarios asumidos, cuando no deseados, como expiación vicaria que condujera al borrón y cuenta nueva. Lo aterrador para quienes todavía puedan estar implicados en otras piezas es el mensaje que envía la sentencia: el Supremo nos hace saber que colaborar puede ser muy rentable, mucho más que guardar silencio.
Hasta hoy, buena parte de la política española ha funcionado sobre una especie de omertá. La convicción de que resistir, negar, aguantar la presión mediática y judicial, y proteger a los compañeros era la mejor estrategia colectiva. El Supremo introduce ahora un incentivo radicalmente distinto: el que cante se salva. Eso está provocando la diarrea verbal de personajes como Oscar Puente y su tocayo López, en un amago de pánico.
Sin duda, que Aldama salga de rositas produce una comprensible sensación de asco. Nadie siente simpatía por quien se enriqueció gracias a una trama corrupta y después vendió a sus socios. Durante meses, el PSOE ha intentado desacreditarle precisamente porque era un delincuente. Pero el hecho de ser un delincuente no invalida lo que contó. Más bien lo contrario: para desmantelar una red corrupta hace falta contar con delincuentes dispuestos a colaborar. Los santos no forman parte de las tramas de corrupción.
Es cierto que casi todo el mundo reacciona con desprecio ante los delatores. Nadie siente admiración por Aldama. Ni siquiera quienes celebran que haya contribuido a desmantelar la trama. Es un personaje difícilmente aceptable. Y sin embargo, sin personajes así, muchas organizaciones criminales o corruptas nunca serían desarticuladas. Y la Justicia no está para repartir carnés de simpatía, sino para resolver delitos. La sentencia del Supremo nos demuestra que cantar sale más barato que callar. Y más de uno en Ferraz –o sus alrededores- debe de estar pasando la tarde cerca del cuarto de baño.