Miércoles, 14 Octubre 2026
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Paco Pomares

Francisco Pomares

 

Ceuta ha recibido a los reyes con una explosión de banderas rojigualdas, aplausos, vivas y una emoción intensa que convendría interpretar más allá del entusiasmo monárquico. Después de lo vivido estos meses, la ciudad necesitaba una demostración de afecto, pero también una confirmación de pertenencia. Que el Estado aparezca por allí con algo más que explicaciones sobre su dificultad para hacer lo que se espera de él.

 

La primera visita de Felipe y Letizia como reyes tiene ese valor. La Corona puede expresar con un gesto lo que otras instituciones han complicado con un exceso de parloteo cantinflesco. Ceuta es España. Sus ciudadanos tienen derecho a recibir protección, recursos y respuestas. Resulta bastante elemental, por mucho que últimamente lo elemental precise ceremonias y golpes de pecho para quedar establecido.

 

Coincidiendo con la visita, la presidenta Von der Leyen ha enviado a los gobiernos europeos una carta que contiene referencias explícitas a la crisis ceutí. La Comisión espera que se produzca el rápido retorno a Marruecos de quienes entraron y permanecen irregularmente en la ciudad, y asegura que Bruselas apoyará la posición española. También reclama la aplicación plena del Pacto Migratorio y de Asilo. Solidaridad y responsabilidad: las dos palabras juntas, para que nadie pueda acogerse a la primera mientras deja pendiente la segunda.

 

Von der Leyen lleva las cautelas diplomáticas incorporada al vestuario. Por eso llama la atención que mencione Ceuta, insista en los retornos y anuncie que la futura relación con Marruecos debe aprender de lo ocurrido. En el lenguaje comunitario, donde hasta una reprimenda suele viajar envuelta en varias capas de celofán, declaraciones como esta significan más de lo que dicen. Conviene, sin embargo, medir el alcance de la reacción de Bruselas. La Comisión sigue apostando por reforzar la cooperación con Rabat y por una asociación estratégica. No se han anunciado sanciones ni rupturas en lo que son las líneas maestras del proyecto europeo para Marruecos, pero si se ha dejado constancia de que lo ocurrido existe, tiene dimensión europea y debe influir en las conversaciones con el reino alauita. Es un acuse de recibo. Después de tanta explicación tranquilizadora, eso ya supone un alivio.

 

 

 

En España hemos pasado con alegre facilidad de la gravedad a la anécdota. Sánchez calificó la entrada masiva como violación de la integridad territorial española. Una expresión de ese calibre debería tener consecuencias, implicar decisiones, exigencias al vecino y explicación a los ciudadanos. La integridad territorial no puede convertirse en una fórmula solemne que se utiliza durante una comparecencia y se guarda después en el cajón de las frases poco convenientes.

 

La información adelantada por El País sobre la entrada de buques militares marroquíes en aguas de Ceuta y el despliegue de una fragata española para evitar esos paseos inadecuados, añaden una dimensión que exige aclaraciones. Una actuación naval coincidente con una crisis fronteriza merece bastante más que una interpretación destinada a quitarle importancia. Esto no parece en absoluto una anécdota. Hace falta saber qué sucedió, qué instrucciones recibieron nuestros barcos y qué explicación ha dado Marruecos. La prudencia diplomática puede justificar reservas, pero nunca mantener a los españoles en la ignorancia sobre un episodio que afecta a su defensa.

 

Para los canarios, toda esta crisis una proximidad que no se mide solo en millas náuticas. Ceuta y Melilla constituyen la referencia de cómo responde España cuando Marruecos presiona sobre su soberanía. Lo que Rabat aprende allí puede condicionar otros asuntos: fronteras, migración, aguas, recursos y relaciones con sus vecinos. Mirar hacia Ceuta desde Canarias es mirar por nuestra propia seguridad. No es necesario que las fantasías del Gran Marruecos se perciban como un plan operativo. Las ocurrencias expansionistas no adquieren consistencia por aparecer en el discurso o la visión de algún iluminado. Pero no nos conviene confundir la falta de fundamento de una pretensión, con la imposibilidad de que se utilice políticamente. Marruecos ha sostenido sus ambiciones durante décadas y maneja cooperación, presión y paciencia. Sus interlocutores deben saber combinar cordialidad y firmeza.

 

También debe evitarse que el análisis borre a quienes han sido carne de cañón en esta crisis. Quienes llegan, quienes mueren en el intento y quienes permanecen abandonados a una incertidumbre interminable, padeciendo las decisiones de otros. La instrumentalización migratoria ha provocado víctimas a ambos lados de la frontera. Defender la soberanía y exigir retornos no es incompatible con reconocer ese sufrimiento, además del que soporta una ciudad desbordada.

 

La visita de los reyes era necesaria. La carta de Von der Leyen incorpora el problema a la conversación europea. Ahora corresponde al Gobierno convertir ambas cosas en una política reconocible: la cooperación con Marruecos debe incluir obligaciones para Marruecos, o estaremos financiando una relación perversa.


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