Lunes, 29 Junio 2026
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Francisco Pomares

Francisco Pomares

 

La ‘adhesión inquebrantable’ formó parte del lenguaje político español durante los cuarenta años de dictadura del general Franco: ayuntamientos, diputaciones, sindicatos verticales, procuradores en Cortes y toda clase de instituciones adornaban sus textos, proclamas y declaraciones reiterando su “adhesión inquebrantable al Caudillo”. No se trataba de una simple fórmula protocolaria, sino de una declaración pública de fidelidad al líder, una forma de proclamar que ninguna circunstancia, error o crítica alterarían la lealtad debida a quien encarnaba el poder.

 

La expresión desapareció con el franquismo. Era lógico que ocurriera, porque al morir Franco desaparecieron las expresiones que acompañaban su liturgia política. Pero el mecanismo que describía la ‘adhesión inquebrantable’ no murió con Franco. La fidelidad al liderazgo, aunque el liderazgo haga mal las cosas, abuse, se corrompa o pierda sentido, no pertenece a ninguna ideología concreta. Pertenece a las formas autoritarias de ejercer el poder. La historia política nos demuestra que organizaciones nacidas para defender principios completamente opuestos terminan recurriendo a procedimientos sorprendentemente parecidos cuando el liderazgo deja de ser instrumento para el cambio y se convierte en un fin en sí mismo. La fidelidad al proyecto se transforma entonces en fidelidad al dirigente, una fidelidad que tiende a ser la del lacayo: desaparece el debate interno, sustituido por la obediencia ciega de cualquier instrucción, Ciualquier divergencia de criterio se interpreta como traición, las decisiones del líder adquieren la consistencia de dogmas religiosos. Lo importante ya no es tener una opinión propia y aportarla, sino permanecer incansablemente junto al líder, haga lo que haga.

 

Ese fenómeno no distingue entre izquierdas y derechas. Ha acompañado al fascismo, al comunismo, a numerosos movimientos populistas y, ocasionalmente, también a partidos plenamente democráticos cuando la concentración del poder en una sola persona termina eclipsando las instituciones y reglas de funcionamiento de la organización. Eso es, precisamente, lo que viene ocurriendo desde hace años de forma creciente en el PSOE, y lo que transmitió a la sociedad española su Comité Federal, celebrado el fin de semana. Y no porque el PSOE sea asimilable al franquismo -comparación injusta y ridícula-, sino porque el debate interno quedó reducido a una sucesión de encendidas lealtades a Sánchez. Apenas hubo espacio para discutir el alcance político de los escándalos que rodean al Gobierno, o el deterioro de su respaldo electoral, o plantear cualquier tipo de responsabilidad, más allá de quienes ya han caído. La prioridad del Comité fue cerrar filas en torno a un liderazgo amenazado por los acontecimientos.

 

La paradoja es que este tipo de adhesiones se presentan siempre como una demostración de fortaleza cuando son el síntoma de una obvia debilidad. Cuanto más necesita un líder que los suyos proclamen su fidelidad, más claro resulta que ha comenzado a ser cuestionada.

 

Hay además enseñanzas históricas que conviene no olvidar. Las adhesiones inquebrantables duran lo que dura el poder. Mientras el líder conserva la capacidad de repartir cargos, influencia y expectativas, las convicciones parecen de granito. Pero cuando esa capacidad desaparece, las fidelidades se evaporan con vertiginosa rapidez: la Transición ofreció ejemplos memorables de esa metamorfosis.

 

Hasta entonces, seguimos instalados en la tentación populista, convirtiendo la política en relato. Los unos apelan a la resistencia frente a una supuesta conspiración; y los de enfrente anuncian una reparación casi épica cuando alcancen el poder. Cada cual alimenta a su propia parroquia. Cada quien representa el papel que esperan sus seguidores.

 

Quizá ese sea uno de los problemas más difíciles de resolver en la política española: el debate cede terreno a la escenificación, y las declaraciones ya no buscan explicar lo que ocurre, sino fortalecer la cohesión del propio bando. Como si gobernar consistiera cada vez menos en administrar las necesidades y urgencias de una nación, y cada vez más en mantener viva la representación permanente.

 

Por suerte, la historia suele ser bastante cruel con las adhesiones inquebrantables. Ninguna ha resultado, al final, serlo tanto. Caerá este gobierno y entrará otro, y probablemente volvamos a las andadas.

 

Feijóo ha asegurado que no piensa “amnistiar al sanchismo” cuando él llegue al Gobierno. La frase puede funcionar como consigna electoral, especialmente frente a un electorado que exige contundencia, pero resulta institucionalmente discutible. En democracia no corresponde al Gobierno decidir hasta dónde llegan las consecuencias judiciales de los hechos. Esa tarea compete a los tribunales. La regeneración consiste en dejar que cada poder desempeñe su función. No en anunciar ajustes de cuentas.


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