Jueves, 16 Abril 2026
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Francisco Pomares

 

Durante años, la política canaria ha presumido de una cierta excepcionalidad. Una forma de hacer las cosas basada en el acuerdo, en el matiz, en ese entendimiento tácito de que vivir en unas islas alejadas del continente obligaba -por pura supervivencia- a rebajar el volumen del conflicto. Lo llamamos, con cierta autosatisfacción, el “modo canario”. Nunca quedó claro si Clavijo copió el término de Binter o fue Binter quien lo utilizó como eslogan que define su método de querer atender a los pasajeros mejor que el resto de las compañías.

 

En el fondo, la autoría da bastante igual:  era una forma elegante de describir una política menos bronca, más transaccional y, tambien más aburrida y previsible. Aquí las mayorías se construían con paciencia, las discrepancias se expresaban con cierta contención y los desacuerdos, incluso los más profundos, solían encontrar algún cauce de negociación.

 

Eso, al menos, era la teoría.

 

El debate parlamentario de esta semana sobre el decreto anticrisis del Gobierno de Fernando Clavijo ha dejado claro que ese modelo se agota. Y no de manera sutil. Lo que se vio en la Cámara fue otra cosa: bloques enfrentados, reproches directos y un tono que se parece cada vez más al de esa política nacional, a la que durante tanto tiempo hemos mirado con una mezcla de distancia y superioridad moral.

 

El “modo canario” no ha muerto aún, pero ya no sirve para explicar lo que está ocurriendo.

 

El contexto ayuda a entenderlo. Canarias lleva meses acumulando agravios -reales y percibidos- en su relación con Madrid: desde la gestión insolidaria de la inmigración a la exclusión práctica de muchas medidas fiscales diseñadas para un país con IVA, cuando se aplican a un territorio sin una. O desde el incumplimiento sistemático de los compromisos con la agenda canaria  o la sensación creciente de que las singularidades del Archipiélago solo se recuerdan cuando conviene. A eso se suma ahora el impacto de una crisis internacional que golpea con especial intensidad a un territorio más dependiente que la mayor parte del continente de las importaciones, el transporte, la energía o el turismo.

 

En ese escenario, el Gobierno regional opta por elevar el tono y trasladar la responsabilidad hacia el Gobierno de España. Clavijo lo expresó sin rodeos en el Parlamento: Canarias no puede evitar el golpe, solo amortiguarlo. Y para hacerlo, necesita más margen, más gasto y, sobre todo, más implicación del Estado.

 

El problema es que ese discurso, que responde a una lógica institucional, no basta ya. Enfrente hay una oposición -fundamentalmente el PSOE- que no está dispuesta a comprar ese relato. Y menos aún a un año de las elecciones, cuando el choque será absolutamente inevitable.

 

El socialista Franquis -hace años uno de los más próximos a entendimientos entre el PSOE y los calicioneros-, lo resumió el martes con crudeza: falta de sensibilidad social, exceso de postureo y una reacción tardía ante la crisis. La respuesta de Clavijo fue igual de contundente y aguerrida: si hay falta de sensibilidad, no es en Canarias, reside en Moncloa. Se trata de un argumento que conecta con una realidad y percepción cada vez más extendida en el Archipiélago, pero que tiene un coste evidente: desplaza el conflicto del terreno técnico al político, del desacuerdo puntual a la confrontación estructural.

 

Y ahí es donde el modo canario deja de ser útil, hace aguas.

 

Porque el modelo funciona, en buena medida, sobre la base de un consenso implícito: que los grandes asuntos -los que afectan a la posición de Canarias en el conjunto del Estado- deben quedar al margen de la pelea partidista. O, al menos, gestionarse con cierta prudencia.

 

Ese consenso ya no existe. Ha saltado por los aires. La cercanía  electoral explica parte de este cambio. A medida que se acerca la cita con las urnas, los incentivos para el acuerdo disminuyen y los del enfrentamiento y la polarización  aumentan. Cada partido necesita marcar perfil, diferenciarse, construir un relato propio. Y eso es difícil de hacer en un clima de entendimiento permanente.

 

Pero no es solo una cuestión de calendario. También hay un desgaste acumulado, la sensación de que las vías tradicionales de negociación con el Estado no están dando resultados suficientes. Y, en consecuencia, una mayor disposición a utilizar el conflicto como herramienta política.

 

El riesgo es evidente: si Canarias abandona de forma definitiva ese espacio de acuerdo interno en los asuntos estratégicos, su capacidad de influencia fuera se debilitará. La Historia -no hace falta remontarse demasiado- demuestra que Canarias ha sido más eficaz cuando ha actuado con una cierta unidad de criterio frente a Madrid. Cuando ha sabido convertir sus singularidades en una posición común, y no en un campo de batalla entre partidos.


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