¿Alguien contento por ahí?

Francisco Pomares
Tres días después de la operación para secuestrar a Maduro, parece que nadie está realmente satisfecho, aparte Trump, sin duda. Para empezar, no lo están los opositores, que han visto cómo se entrega el poder -o un simulacro de poder- a los mismos chavistas que les persiguieron, encarcelaron y torturaron. ¿Pueden estar contentos después de eso? ¿Pueden aceptar que les hayan robado la felicidad de ver al tirano caído, y la expectativa de recuperar la democracia tras la intervención militar?
Tampoco parecen muy satisfechos los maduristas. Han tenido que tragarse el sapo de aceptar que Estados Unidos se paseara por Caracas como Pedro por su casa; que Trump secuestrara al presidente; que el Ejército Bolivariano demostrara estar muy por debajo del de Pancho Villa; y, para rematar, que Trump colocara a la señora de las maletas –la amiga de Zapatero- como presidenta encargada, pasándose la Constitución bolivariana por la entrepierna. Difícil digerir tanto bochorno. No estarán contentos tampoco, eso seguro, Diosdado Cabello ni Vladimir Padrino, pese a seguir garrapateando alrededor del nuevo poder, que además es el viejo, el suyo. Si tenía que caer el presidente payaso, al menos podría haber sido uno de los dos milicos -los representantes del poder real en Caracas- quienes organizaran lo que viene después. Pero ni eso. Les ha tocado soltar un par de soflamas que no se creen ni ellos, plegarse ante Delcy y su hermano, esos dos advenedizos que pactaron el recambio, y aguantar mecha.
Tampoco parece todo esto un gran motivo de satisfacción para el secretario de Estado, Marco Rubio. A él le endosan el encargo más difícil de la temporada, con Trump desaforado explicando en cada rueda de prensa, entrevista o declaración, una idea más desastrosa que la anterior. Que María Corina no cuenta con el respaldo del pueblo venezolano pero Delcy sí; que Maduro no sabe bailar tan bien como él (vaya ego, por Dios); que esto no ha sido una operación militar, pero que jamás ningún presidente dirigió una operación militar con tamaño éxito (Las Termópilas, la Guerra de las Galias, o el Día D, paparruchas); que lo único importante son los intereses del pueblo estadounidense y las petroleras, aunque, paradójicamente, tampoco a las petroleras les entusiasma lo que se avecina. Poner en marcha una industria obsoleta y desmantelada exige invertir miles de millones durante años y esperar al menos un par de ellos para que el negocio empiece a rentar, a fluir, que diría Trump. El petróleo venezolano es difícil de procesar. Los beneficios tardarán, si es que llegan, y será en medio de una transición en la que no confía nadie. Ni los bolivarianos, ni los opositores, ni las petroleras, ni los estadounidenses, ni los europeos. No están contentos los líderes europeos porque el Sheriff USA se haya pasado por el forro todo aquello que ellos dicen defender, y además sin avisarles ni ofrecerles la más mínima explicación. Han tenido que tragar quina. Y ahora, como guinda, la señora de un asesor del ala oeste ha abierto otra crisis absurda e innecesaria, americanizando Groenlandia. Trump no puede estar dos días sin liarla: va creando problema tras problema, sin resolverlos nunca. La cuestión es mantenerse bajo los focos.
Tampoco están contentos los chinos ni los rusos. Es verdad que Trump les ha abierto la puerta a legitimar sus propias barrabasadas -en Taiwán o en el Báltico, quién sabe-, pero de momento ha sido él quien se apunta el tanto: es el más macho y malote del grupo. Y, para colmo, la primera parte del secuestro le ha salido rematadamente bien.
Seguro que no estará contento el traidor que cobró los cincuenta kilos, porque Trump le ha señalado con el dedo, y lo mismo no tiene tiempo ni de gastarse unos centavos antes de que Padrino se lo quiebre. Ni estará demasiado feliz el juez nonagenario encargado de juzgar a Maduro, que no podrá acabar de juzgarlo antes de palmarla. Ni la lavandería de la Casa Blanca, quitando kilos de baba y saliva de la ropa presidencial, salpicada de autoelogios y ditirambos. Tampoco los camareros de Mar-a-Lago, obligados a forrar de negro las paredes del club para que un rincón del antro pareciera una sala de crisis digna de una foto capaz de emular la de Obama cuando lo de Bin Laden.
Pero lo peor es que no estarán nada contentos los mil presos políticos que siguen en las mazmorras del chavismo, aguardando una libertad que no llegará hasta un par de días antes de las elecciones de medio mandato, a ver si así se olvida lo de Epstein y sube la popularidad del presidente rubio. Ni estarán contentos los millones de exiliados a los que también se ha secuestrado, negándoles volver al menos hasta que la ministra del petróleo y presidenta en flor -la señora de las maletas- entregue PDVSA a los amigos de Trump, si finalmente se deciden.
Aquí el único de verdad contento es Trump: su improvisación, narcisismo, ausencia de planes, gestos de fuerza y ocurrencias de madrugada se imponen. Y a él le hace feliz dirigir así el mundo.