Alimentando al lobo

Francisco Pomares
Ocurre con frecuencia que una estrategia concebida para debilitar al adversario, termina convirtiéndose en el mejor fertilizante para su crecimiento. Es el viejo principio de la reacción: cuanto más empeño pone un partido en señalar un peligro, más visible y más atractivo puede acabar resultando para una parte del electorado. La política tiene una curiosa capacidad para producir el efecto contrario al que persigue.
Eso es precisamente lo que refleja el sondeo de Sigma 2 publicado por El Mundo. Más allá del baile habitual de uno o dos puntos arriba o abajo, el dato de mayor interés no es que el PP mantenga su ventaja sobre el PSOE. Lo importante es que Vox continúa creciendo. Y lo hace sin perjudicar al bloque de la derecha, que se consolida con una mayoría cada vez más amplia. Si el objetivo estratégico de Sánchez consistía en convertir las próximas elecciones en un referéndum sobre la extrema derecha, los resultados que ha logrado con esa estrategia parecen decepcionantes. Porque la extrema derecha no disminuye. Crece.
Y lo hace de una forma especialmente significativa. No se alimenta únicamente del descontento tradicional de la derecha. Hace meses que capta también un porcentaje importante de votantes socialistas desencantados, atrae a ciudadanos que en anteriores elecciones optaron por quedarse en casa, y sigue drenándole apoyos al PP. Se convierte, así, en el gran receptor del voto nacional de quién vota como protesta a la situación, independientemente de cual sea la procedencia ideológica de ese voto.
No deja de resultar paradójico. Porque buena parte del discurso político del Gobierno, el PSOE y el resto de las fuerzas de izquierdas, ha girado alrededor del peligro de que Vox crezca. Casi cada debate importante ha terminado convertido en una confrontación moral con Santiago Abascal. Se ha apelado al miedo, a la excepcionalidad, a la amenaza democrática. Se ha presentado cada convocatoria electoral como una batalla definitiva para impedir la llegada de la ultraderecha.
Pero ocurre que cuanto más se habla de Vox, más crece Vox.
No es la primera vez que ocurre un fenómeno parecido. Francia ofrece probablemente el ejemplo más conocido: durante décadas, el llamado ‘frente republicano’ convirtió al Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen en el enemigo absoluto de toda la política francesa. Aquella estrategia consiguió aislar al Frente Nacional durante algún tiempo, pero no evitó su crecimiento electoral. Al contrario: acabó facilitando la transformación del viejo Frente Nacional en el Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen, hoy convertido en una de las principales fuerzas políticas del país.
Pero la consecuencia más profunda fue otra: el Partido Socialista francés, que durante décadas había sido uno de los grandes pilares de la Quinta República, terminó prácticamente barrido del mapa político de Francia. La polarización Le Pen y el representante republicano mejor colocado –el presidente Macrón- dejó sin espacio al socialismo tradicional. Acabó siendo sobrepasado por el socialismo populista de Jean-Luc Mélenchon. El Partido Socialista construido por Mitterand, pasó de ser uno de los dos grandes partidos de Francia a sufrir un desplome histórico tras la presidencia de Hollande. Al mismo tiempo crecieron por ambos extremos La Francia Insumisa, por su izquierda, y la entonces Agrupación Nacional, a la derecha.
El resultado fue que el viejo eje de gaullistas y socialistas acostumbrados a sacar las castañas del fuego a la Quinta república prácticamente desapareció, siendo reemplazado por una competición entre el macronismo, la derecha nacional y la izquierda radical. En España estamos a punto de ver algo parecido.
Las sociedades no siempre votan movidas por el miedo. A veces lo hacen impulsadas por el hartazgo. Cuando los ciudadanos perciben que alguien intenta decidir por ellos qué opción resulta moralmente aceptable y cuál no, algunos reaccionan precisamente no dejándose llevar. Eso no implica que el crecimiento de Vox sea inevitable, ni irreversible. Tampoco que sus propuestas vayan a consolidarse necesariamente en el debate público nacional. Significa que convertir a un adversario en protagonista permanente de ese debate público supone una magnífica campaña de publicidad gratuita.
Mientras la izquierda parece empeñada en seguir haciendo campaña para Vox, el partido de Abascal sigue defendiendo sus propias tesis en materia de inmigración, seguridad, identidad nacional y malestar económico, y una parte creciente del electorado parece escuchar lo que dicen. Quizá el verdadero error no haya sido subestimar a Vox, sino convertirlo durante años y de forma artificial en el eje alrededor del que gira toda la política española. A veces, el mejor modo de dar de comer al lobo, consiste precisamente en no dejar de señalarlo.