Aquel día en la Secundaria

Erica Cerdeña
No recuerdo si estaba en 3º o 4º de la ESO, pero sí recuerdo bien la lección que aprendí en aquella época. Poco sabía por entonces sobre franquismo, y tampoco me interesaba, aunque curiosamente detestaba cuando alguien mencionaba la dictadura. ¿Por qué? Supongo que por lo mismo que todos cuando tenemos 15 o 16 años: lo hemos escuchado, y generalmente en casa.
Ahora echo la vista atrás y comprendo los escasos pero significativos momentos en los que a mamá y papá les tocó hacer algún comentario al respecto. El caso es que a título personal, no tenía realmente argumentos ni a favor ni en contra.
Aquello cambió radicalmente cuando en clase nos pusieron un trabajo muy ilustrativo, un ejercicio en el que la clase se dividía en dos bandos: uno defendiendo el franquismo, el otro la democracia.
Automáticamente dos (y solo dos) compañeros se ofrecieron voluntarios para defender el franquismo. El resto de la clase, a muerte con la democracia. Y yo era una rebelde, para qué engañarnos. Por pura incomodidad intelectual me uní a los dos únicos compañeros que a diario defendían y proferían frases abrazando el régimen dictatorial. Quería entender por qué aborrecía yo aquello, y qué mejor forma que obligándome a entenderlo desde dentro.
Ya en el debate aprendí que el número de defensores no importa en absoluto, tan solo la calidad de los argumentos. Los partidarios de la democracia nos dieron una paliza aplastante. Di lo mejor que podía, una argumentación entusiasta. Soy una tía competitiva, ¿sabes? Detesto perder. Sin embargo, ese día perdí.
Pese a la derrota dialéctica, terminé la clase con una sonrisa amplia. Al fin y al cabo, aquel día en la Secundaria fui consciente por primera vez de para qué sirve esa locura del pensamiento crítico.