Lunes, 21 Septiembre 2026
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Mar Arias Couce

 

En pleno agosto, maleta en mano y con toda la tropa, exceptuando a los felinos que les va mal lo de cambiar su cómoda estancia por los viajes locos, nos plantamos en Italia. Era un viaje que quería hacer desde hace mucho tiempo con toda la familia: Venecia, Florencia y Roma para que los míos más chicos vieran en vivo el esplendor del imperio romano, el renacimiento italiano y tantas y tantas maravillas que atesora aquel país. Lo disfrutamos. Sin lugar a duda, pero no sólo nos trajimos de vuelta la retina impregnada de historia, también los oídos bien regalados por partida doble. Por un lado, al pasear por Italia con esta pinta que debemos tener de españoles, nos iban felicitando por ganar el Mundial. Nunca una victoria me costó menos esfuerzo, debo decirlo. A los italianos les hizo casi tanta ilusión como a nosotros que nuestra Selección se impusiera y no dejaban de gritárnoslo por la calle. ¡Viva España! Pues viva. Tenemos nuestras cosas, pero también las hay buenas por qué no decirlo. Pero lo mejor era cuando decíamos, en los tours turísticos, de dónde veníamos. Canarias… ahí ya se montaba el teatro completo. Todo italiano que nos hemos cruzado tenía un primo, un hermano, un amigo o un cuñado viviendo en las islas, iba a surfear un par de meses al año o soñaba por marcharse a vivir a las afortunadas. El gondolero que nos paseó por las aguas venecianas alababa nuestro clima mientras sudábamos la gota gorda a 37 grados con humedad. “Y ese clima que tenéis todo el año” ‑esa sería la traducción. Él chapurreaba una mezcla de español e italiano que resulta perfectamente entendible cuando te has criado al lado de Portugal y tienes una madre gallega porque el oído se adapta al chapurreo variopinto –“yo un día de estos vendo la góndola y me voy a vivir a Gran Canaria que tengo allí un primo”.

Y Lanzarote… ¡ay, Lanzarote! “Es la isla más bonita de todas, pero hay que tener mucho nivel de surf para practicar allí, nos contaba un guía treintañero, romano y casado con una valenciana. A mí es que me encanta vuestro país, pero sobre todo las Islas. Y además… han ganado el Mundial…”.

Entre tanta lisonja patria, yo iba aprendiendo a diferenciar los tipos de mármoles, a los Medici, que eran un montón, disfrutando de los perfumes y los cueros florentinos, el cristal de Murano veneciano y la constante sorpresa que produce Roma al cruzar cada esquina y encontrarte un monumento mayor que el anterior… y la pasta… que pasta… La bella Italia me dejó enamorada, una vez más, pero está claro que no tanto como a ellos las afortunadas Islas Canarias. Algo debemos tener para que tanto nos quieran.

 


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