Martes, 22 Septiembre 2026
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Paco Pomares

Francisco Pomares

 

Ángel Víctor Torres presentó el viernes su tercera candidatura a la Presidencia del Gobierno de Canarias. No hubo sorpresas. Nadie esperaba que el PSOE canario busque otro candidato mientras Torres conserve el control del partido y continúe formando parte del círculo más próximo a Sánchez. Lo sorprendente fue que dedicara más tiempo a explicar con quién estaría dispuesto a pactar después de las elecciones, que a contar qué pretende hacer si las gana. Torres hizo una rápida mención a la vivienda, la sanidad, la dependencia, las universidades y la educación infantil. Una enumeración apresurada, casi de trámite, sin concretar una medida o formular un compromiso reconocible. Pero el candidato no presentó un programa. Presentó una estrategia para volver al poder.

 

La anomalía resulta aún más llamativa porque faltan ocho meses para las elecciones. Lo normal habría sido aprovechar la proclamación para explicar qué Canarias propone el PSOE, después de tres años en la oposición. Torres prefirió hablar de las combinaciones que podrían devolverlo a la Presidencia, o al menos al Gobierno.

 

Su primera opción, dijo, sería formar una ‘mayoría progresista’: es su forma de anunciar que le gustaría reconstruir un pacto de izquierdas, aunque hoy nadie sepa qué partidos estarán en condiciones de integrarlo, y los sondeos no sean precisamente optimistas. Nueva Canarias atraviesa una crisis que amenaza su supervivencia electoral, Podemos ha desaparecido prácticamente y Sumar podría llegar a las autonómicas convertido en recuerdo. Pero Torres ya ha bautizado la coalición antes de saber quiénes podrían componerla. Si esa mayoría no fuera posible, estaría también dispuesto a hablar con Coalición, siempre que los nacionalistas se aparten de “la ultraderecha y la derecha ultra”. Debemos entender que la ultraderecha es Vox y que la derecha ultra es el Partido Popular, que en la lógica actual del PSOE son exactamente la misma cosa, incluso semánticamente. La precisión conceptual no parece haber ocupado demasiado tiempo a los redactores del discurso.

 

La propuesta resulta bastante chiripitifláutica. Torres ofrece a Coalición la posibilidad de pactar con el PSOE tras las elecciones si antes acepta romper con el PP. Es decir, no espera a conocer el resultado, ni el reparto de escaños, ni siquiera las posiciones que cada partido defenderá durante la campaña. Se adelanta ocho meses para comunicar a Clavijo las condiciones que deberá cumplir para que el PSOE le acepte como socio. Hay en esa oferta una notable presunción. El candidato socialista no pregunta con quién querrán pactar los canarios. Establece de antemano quiénes serán políticamente aceptables vote la gente lo que vote. Torres parece asumir que los nacionalistas estarán obligados a elegir entre la condenación eterna de la derecha y la absolución progresista que él generosamente les ofrece.

 

Torres fue el candidato más votado en 2023 y calificó como ‘pacto de perdedores’ el acuerdo entre Coalición y el PP que permitió gobernar a Clavijo. Ahora se dispone a negociar con uno de esos perdedores para volver al Gobierno si carece de votos suficientes para hacerlo con su mayoría progresista. Es sabido que en política, los pactos solo son inmorales cuando benefician a otros. La compatibilidad del PSOE con Coalición no parece depender de diferencias ideológicas insuperables. Ambos partidos gobiernan juntos en La Laguna y mantienen acuerdos en otras instituciones. Coalición no es reaccionaria cuando contribuye a colocar alcaldes socialistas, pero se convierte en cómplice de la derecha ultra cuando sostiene a Clavijo. La frontera entre el progresismo y la reacción es moldeable.

 

La obsesión anticipada de Torres por los pactos contiene además una confesión involuntaria: sabe que el PSOE no dispondrá de votos para gobernar solo y sospecha que la izquierda a su izquierda puede llegar muy débil a las urnas. Por eso comienza la campaña cortejando a Coalición mientras simula reprenderla. No es una posición cómoda para quien pretende encarnar la recuperación socialista. Torres continúa siendo el mejor activo electoral de su partido en Canarias. Conserva presencia, experiencia institucional y una organización entrenada en la disciplina. Pero llega a esta tercera candidatura bastante erosionado: ya no es un presidente que aspira a mantenerse en el Gobierno. Es uno de los ministros más identificados con Sánchez y carga con el desgaste de un Ejecutivo cercado por escándalos, contradicciones y un creciente aislamiento.

 

También ha aceptado el mando único en la crisis de Ceuta. La Moncloa presentó su elección como reconocimiento a su experiencia, pero el encargo acabará convirtiéndolo en responsable visible de un problema para el que el Gobierno es incapaz de ofrecer soluciones. Si su gestión fracasa, y es lo que va a ocurrir, Torres no lo verá desde la distancia: llevará ese fracaso prendido de la solapa durante la campaña canaria. Y sobre él continúa proyectándose la investigación de la UCO por la compra de mascarillas. La posibilidad de ser citado por la Audiencia Nacional permanecerá en el debate electoral mientras la investigación siga abierta.


PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Cicar