Candidato Torres

Francisco Pomares
Ángel Víctor Torres será candidato del PSOE a la Presidencia de Canarias. No se trata de una hipótesis o una posibilidad, sino de un hecho, que solo cambiaría en caso de que se produjera alguna sorpresa no querida en el juicio de las mascarillas. Eso es poco probable: a pesar de su relación con Koldo, y de la implicación de su jefe de Gabinete para resolver los pagos a la empresa de Aldama, nadie ha sido capaz de probar que cometiera delito alguno. Es cierto que ha sido salpicado por su vinculación con la trama, pero la estrategia de resistencia del presidente Sánchez le favorece. Aquí nadie va a tirar la toalla si no aparece un informe de la OCU que lo implique directamente. Las declaraciones de Aldama –o de cualquier otro- no van a acabar con un ministro. Torres es el candidato oficial del partido, sin necesidad de primarias, y lo es desde el minuto uno.
De hecho, Torres nunca ha dejado de ser candidato. Ni siquiera cuando Sánchez lo incorporó a su Gobierno como ministro de Política Territorial y Memoria Democrática. Aquello fue un ascenso en el escalafón institucional, pero también una forma de mantenerlo en circulación tras perder el poder en Canarias pese a haber ganado las elecciones. A pesar de ser un político bragado, nunca pensó que eso pudiera ocurrir. Estaba seguro de mejorar sus propios resultados y de contar con los votos suficientes de sus aliados para poder repetir.
No ocurrió así: el PSOE se mantuvo, gracias entre otros factores a la buena imagen de Torres, pero también al derrumbe de Podemos. Sin Podemos resultaba imposible la reválida del gobierno floral. Hasta Curbelo decidió cambiar de bando. Como ya había hecho cuatro años atrás. Desde entonces, el comportamiento de Torres ha sido el de alguien que se ha negado a abandonar el escenario canario, aunque se viera obligado a dejar su despacho.
Torres ejerce de ministro volante: no se queda en su dormitorio del complejo de Moncloa los fines de semana. Abandona Madrid los viernes por la mañana, va y viene, opina, responde, interviene, inaugura. Contesta a Clavijo y –con frecuencia- a Manuel Domínguez. Y lo hace con la agresividad de alguien que olvida ser ministro en Madrid. Actúa en Canarias como líder de la oposición, un papel que se vio obligado a cederle a Chano Franquis en el Parlamento regional.
Torres no ha dejado de estar en campaña, ni un día desde que es ministro. Los viernes, cuando hay materia explica a los medios los acuerdos en la ejecutiva del PSOE. Los fines de semana, visita las islas, se deja ver, ofrece ruedas de prensa, se reúne con alcaldes. Los lunes, tira de agenda institucional con acento canario. Y así semana tras semana, vuelta a empezar. Se ha implicado directa y personalmente en todos los asuntos críticos que afectan a la política regional, siempre defendiendo la posición del Gobierno de Sánchez, guardando silencio cuando toca, y dejándose ver con Clavijo cuando hay acuerdo o posibilidad de que lo haya.
Pero nunca ha dejado de estar en campaña, y todas las campañas tienen un coste. El precio que tendrá que pagar Torres será dejar el Gobierno, como ya ha hecho María Jesús Montero en Andalucía, para dedicarse en cuerpo y agenda a una batalla electoral que, paradójicamente, puede acabar siendo una trampa. Porque la candidatura a la Presidencia de Canarias es para Torres, al mismo tiempo una obligación -derivada de su condición de secretario general del Partido en las islas-, pero también un regalo envenenado. Obligación, porque no hay alternativa a su candidatura. Nadie discute su liderazgo ni su derecho a intentarlo de nuevo. Pero regalo envenenado también, porque el camino de vuelta no es precisamente un paseo militar: en Madrid tiene un Ministerio, visibilidad nacional y una posición política importante y duradera -y mejor retribuida- que la que le espera cuando aterrice definitivamente en las islas.
Aquí le tocará jugar otra partida, y no será una partida fácil. Porque está presumiblemente perdida: Torres ‘sudará la camiseta’, como le gusta decir a Pedro Sánchez, pero las próximas elecciones regionales no se ganan con votos, sino con alianzas. Y ese es el verdadero problema. Torres puede volver a ser el más votado, ya lo fue. El voto de derechas se fracciona entre Coalición, PP y Vox. Mientras, a la izquierda del PSOE todo es desierto. Pero ser el más votado no garantiza gobernar. Al contrario: la aritmética parlamentaria en Canarias ha demostrado que ganar suele significar quedarse fuera. Torres puede ganar y perder al mismo tiempo: y muy pocas cosas son más corrosivas en política que esa paradoja.
Por eso su candidatura es tan inevitable como arriesgada. Inevitable, porque el PSOE no tiene otro candidato, y porque a Sánchez le pone colocar a sus ministros en provincias. Arriesgada, porque el resultado no depende solo de Torres. Depende de una izquierda a la izquierda del PSOE que no acaba de ponerse de acuerdo, depende del castigo que los votantes quieran darle a Sánchez en las islas, depende de si se repiten acuerdos, si cambian las mayorías, si el escenario vuelve a ponerse en contra…