Martes, 17 Marzo 2026
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 Paco Pomares

Francisco Pomares

 

La izquierda española parece haber entrado en fase antropófaga. Las elecciones de Castilla y León nos dejan una imagen bastante nítida del proceso: el PSOE ha terminado por devorar todo lo que había a su izquierda. Podemos, Sumar y el resto de las siglas que durante una década aspiraron a disputar el liderazgo del espacio progresista han quedado reducidas a lo testimonial. Se confirma una tendencia que viene gestándose desde hace tiempo. La izquierda alternativa no ha sido derrotada por la derecha. Ha sido devorada por el PSOE. Cuando un partido consigue monopolizar su espacio ideológico y convertir la polarización en el eje central de la política, el resultado suele ser ese: el terreno se estrecha, los aliados se debilitan y los socios terminan convertidos en pienso. No se trata de un accidente electoral ni de un tropiezo pasajero. Es el resultado de una estrategia política perfectamente diseñada y muy reconocible.

 

Durante años el PSOE ha practicado una forma particularmente eficaz de canibalismo político. Primero integró a las fuerzas situadas a su izquierda en una mayoría parlamentaria en la que ocupaban una posición subordinada. Después fue apropiándose progresivamente de su discurso, de sus banderas y de gran parte de su electorado. Lo que nació como una alianza terminó convirtiéndose en un proceso de absorción. Hoy el panorama es bastante claro: el PSOE ha recuperado la hegemonía que había perdido con la crisis del bipartidismo.

 

El fenómeno tiene una explicación relativamente sencilla. Cuando un partido logra presentarse como el único capaz de frenar al adversario principal, el voto tiende a concentrarse en torno a él. Es lo que tradicionalmente se conoce como voto útil, una expresión que no significa lo que realmente parece: en el contexto político actual esa lógica se ha visto reforzada por un factor adicional, que es la creciente polarización de la política española y mundial.

 

Cuanto más se tensan los bloques políticos, menos espacio queda para las fuerzas intermedias. Es un terreno en el que PSOE juega con ventaja: es la marca histórica de la izquierda española, dispone de una maquinaria electoral muchísimo más curtida que la de cualquiera de sus competidores, controla la práctica totalidad de los recursos políticos del Estado, y cuenta además con una demostrada capacidad para apropiarse del discurso de sus aliados sin perder el control de su propio espacio.

 

La paradoja es que esta estrategia no tiene como objetivo impedir el crecimiento de la derecha radical. Durante años se ha repetido que la principal misión del sanchismo es evitar la llegada al poder de un gobierno formado por el PP y la ultraderecha. Sin embargo, la lógica electoral sugiere algo más complejo e interesado. Desde el punto de vista estrictamente estratégico, el crecimiento de Vox no perjudica electoralmente al PSOE. Es cierto que hoy Vox roba al PSOE alguno de sus votos, pero es muy poco, comparado con lo que Vox crece a costa del PP. La fragmentación del voto conservador aumenta las posibilidades de que el PSOE se convierta en el partido más votado de España, incluso en escenarios como el actual, en los que el bloque de la derecha en su conjunto supere muy claramente a la izquierda.

 

Dicho de otra manera: Sánchez no persigue hoy seguir gobernando para conservar su liderazgo político. Sabe que es básicamente imposible. Por eso le basta con mantener al PSOE como el partido dominante en la izquierda y como la fuerza política más votada frente a una derecha dividida entre el PP y Vox. Si el PSOE pierde el Gobierno pero conserva su posición hegemónica en la izquierda, Sánchez seguiría siendo el referente indiscutible de la oposición. Y en política española la oposición también puede convertirse en un espacio de poder considerable, especialmente cuando el Gobierno al que se enfrenta está sometido a una fuerte contestación política y social.

 

No parece probable que Sánchez tenga la menor intención de abandonar el control de su partido, aunque se vea obligado a dejar Moncloa. Al contrario: todo indica que su proyecto político pasa por mantenerse al frente del PSOE durante el mayor tiempo posible. Y las razones no son ideológicas: en un contexto marcado por múltiples investigaciones judiciales y escándalos de corrupción que afectan al entorno político y personal de Sánchez, conservar el control del aparato se ha convertido en la mejor opción de mantener la protección del sistema. La continuidad en el liderazgo permite cohesionar a la organización y evitar que tras una derrota las tensiones internas se conviertan en una amenaza para él. Sánchez ha demostrado ser un político particularmente hábil en este ecosistema salvaje: mientras sus antiguos socios desaparecen y la derecha se fragmenta entre el PP y Vox, el PSOE resiste como única fuerza de izquierdas. Y en política, como en la selva el depredador que consigue quedarse solo en su propio territorio no necesita ganar todas las peleas. Le basta con que no quede nadie que pueda disputarle la presa.


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