Caudillo en excedencia

Francisco Pomares
Algunos no se retiran ni a palos. Mucho hacer como que te vas y lo dejas, y luego tu retirada resulta más bien una mudanza táctica, un cambio de escenario, un desplazamiento lateral para seguir ocupando el centro del plano sin asumir el desgaste de la primera fila.
Pablo Iglesias dejó el Gobierno, dejó el Ayuntamiento de Madrid, dejó la secretaría general de Podemos, y entregó formalmente el testigo a Irene Montero -una sucesión que tuvo más de continuidad dinástica que de renovación política-, pero lo cierto es que en ningún momento ha dejado de comportarse como el verdadero boss. Amo y señor de Podemos, jefe indiscutible e indiscutido de una tropa menguante.
Lo vemos de nuevo con el acuerdo de la izquierda en Andalucía. Un pacto imperfecto. Y un reparto discutible, también. Pero, sobre todo, un acuerdo que tiene un pecado original imperdonable: no haber sido diseñado por Pablo Iglesias. Y eso, en el universo político de Iglesias, no se perdona. Iglesias ha hablado de indignación en las filas podemitas, de falta de generosidad de Izquierda Unida, de absoluta ausencia de una posibilidad de representación… pero lo que subyace es mucho más simple: si él no decide, el resultado es inconveniente, inválido, ilegítimo. Lo que Iglesias censura y discute no es el contenido del acuerdo andaluz, sino el hecho de no controlarlo.
No es algo nuevo: Iglesias construyó Podemos como un instrumento personal para llegar al poder. Lo dirigió con una mezcla de intuición política brillante y un control férreo -por momentos asfixiante- de la organización. Las purgas internas, las listas cerradas, la laminación de discrepantes… todo eso formaba parte de un modelo de partido donde la pluralidad sólo era tolerada siempre que no cuestionara al líder.
Un modelo que, en demasiadas ocasiones, recordó más a las viejas reglas estalinistas de disciplina interna, que a las nuevas formas de participación democrática horizontal que Podemos prometía.
La historia del partido de los Círculos está plagada de salidas abruptas, de compañeros convertidos en adversarios, de aliados retratados como traidores: Errejón, Bescansa, Espinar… la lista es larga y el patrón siempre el mismo. Quien discrepa, sobra.
Ahora, desde fuera del partido, Iglesias pretende seguir aplicando esa lógica, sin asumir el coste de estar al mando. Esa es quizá la parte más llamativa de su posición actual: ejerce influencia, marca línea, condiciona debates… pero sin asumir ninguna responsabilidad directa. Opina como si mandara, pero sin tener que responder por las consecuencias de ejercer el poder.
Ha logrado instalarse en un mando sin desgaste, una política sin facturas. Mientras, el espacio político que dejó atrás sigue atrapado en una dinámica que él contribuyó a crear más que nadie: desconfianza estructural, incapacidad de cooperación y una obsesión permanente por el control.
Izquierda Unida y Sumar intentan cerrar como sea algo que se parezca a una coalición funcional. Podemos recela de ese intento. Iglesias desautoriza cualquier forma de acuerdo. Y el resultado es el de siempre: una izquierda fragmentada, más preocupada por controlar la batuta que por su irrelevancia creciente.
Pero hay más.
Porque Iglesias no solo representa un estilo de dirección. Representa también una larga cadena de comportamientos muy contradictorios con su discurso. Durante años ha construido su relato sobre la impugnación de las élites, la crítica a los privilegios y una denuncia eficaz y feroz de las incoherencias del sistema. Pero su trayectoria personal ha terminado reproduciendo muchas de esas dinámicas: liderazgo personalista, control del aparato, blindaje del entorno cercano, nepotismo, privilegios…
La famosa promesa de “asaltar los cielos” acabó pareciéndose mucho más a la ocupación de un despacho con moqueta y el abuso de gestos y reflejos de las castas que detesta.
Por eso resulta tan revelador escucharle ahora hablar de “generosidad”, de “responsabilidad” o de “acuerdos injustos”. No porque no tenga parte de razón -la política es fecunda en pactos injustos e imperfectos-, sino porque habla desde una defensa de la generosidad política que él mismo nunca practicó cuando tuvo la oportunidad de hacerlo. Iglesias sigue exigiendo a los demás lo que jamás se exigió a sí mismo ni a los de su cuerda.
Ese es el problema. Mientras Iglesias continúe actuando como caudillo en excedencia, la izquierda a la izquierda del PSOE seguirá atrapada en su propia caricatura: incapaz de construir un proyecto común sin que Iglesias reclame la propiedad del mismo.
El culebrón, efectivamente, no ha terminado. Pero no porque se haya agotado la posibilidad de llegar a acuerdos, sino porque sobran líderes que no saben irse.