Chándal o chaqueta y corbata: tú eliges
Andrés Martinón
Yo creo que hay una forma fácil de detectar a un político populista y demagogo y no es otra cosa que a través de su forma de vestir. No me refiero al estilo o si se es más conservador o llevando las últimas tendencias. Me refiero a la ostentación de prendas o complementos que pueden enmascarar una captación del fanático o del necesitado de una demostración continua de sus ideas.
Vamos al lío.
Lo que digo hace referencia a los dos últimos grandes protagonistas de la política internacional. Nicolás Maduro y Donald Trump. El primero es la escenificación máxima de un líder populachero: vistiendo en actos oficiales un chándal, que me imagino que para los venezolanos será precioso, pero no deja de ser una especie de arco iris andante difícil de encajar en ambientes de trabajo y seriedad.
El presidente de los Estados Unidos no es tan chabacano, pero sí se muestra en convocatorias oficiales con gorras (además de llevarlas en el interior, hecho que la etiqueta y el buen gusto rechaza). Es decir, porta una prenda o complemento que va directo al corazón del norteamericano medio: una prenda típica de un deporte como es el béisbol, todo un símbolo de la cultura norteamericana.
Estos dos políticos además acompañan su vestimenta con acciones populistas también. Maduro no duda (o no dudaba) en ponerse a bailar en plan salsero en cualquier mitin o comparecencia, con la consiguiente imagen de falsa felicidad o control emocional de la situación.
Trump actúa de otra manera: con una gestualidad ordinaria, exagerada y ofrecida como le gustaría al consumidor de un reality show tipo Gran Hermano; ese que espera que haya aspavientos, insultos o incluso algún tipo de agresión.
Creo que un servidor público y aquí me pueden llamar carca o pureta, debe vestir y actuar con el respeto a todos los ámbitos de la sociedad. Su manera de vestir y de comportarse determina su seriedad o su ignorancia. En este mismo sentido, quiero hacer alusión a la oleada de políticos jóvenes de hace poco más de una década en la que vestir con la peor camiseta que te encuentras en el armario era la mejor opción para llevarla al Parlamento o al Senado.
Voy terminando.
Sé que no hay relación directa entre la forma de vestir y la forma de hacer política pero me ofrece más seguridad un político que no está buscando llamar la atención por elementos externos a los que no sea su gestión y la administración de recursos públicos. Me gustan los políticos y las políticas que basan sus comparecencias en el conocimiento y si puede parecer una persona más gris, me da igual. Mientras el bienestar de la sociedad esté garantizado, una chaqueta y una corbata me parece un excelente uniforme de trabajo.