Jueves, 29 Enero 2026
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Francisco Pomares

 

El odio es a veces muy reconfortante. Nos permite instalarnos en convicciones con las que resulta cómodo convivir, y agregar nuestro propio miedo a la agenda indiscutible de las mayorías. Ahora mismo, los peligros del mundo llevan flequillo rubio, gritan en mayúsculas en True Social y actúan como payasos de un guiñol casposo, presumiendo de llenar todo el escenario. Sin duda, Trump es un ser mezquino y miserable, grosero, arrogante, imprevisible, y cada vez más autárquico y despótico. Sí, lo es. Por eso nos resulta reconfortante sentir náuseas cuando asegura histriónicamente que invadirá Groenlandia, se comporta como un tirano de cuento, o su nueva migra asesina a mujeres y apalea a inmigrantes.

 

Trump es un problema, desde luego, pero lo es sobre todo para los estadounidenses que le votaron y ahora sufren la erosión acelerada de sus instituciones, convivencia y economía. Para el resto del planeta, el verdadero desafío -el serio, el estructural, el que se cocina a fuego lento- tiene un nombre diferente: el de China.

 

Trump grita, amenaza y firma sus decretos con quintales de tetosterona. China nunca grita, calcula. No invade países, no lanza guerras comerciales flor de un día, no dinamita tratados internacionales a pecho descubierto. Hace algo más útil para ganar el pulso en el que sus dirigentes llevan décadas de brega: destruye los mercados desde dentro, utiliza las reglas del sistema global contra quienes creen en él. Mientras Occidente se entrega con fruición a debates morales sobre lo pernicioso y torpe que es Trump, el Gobierno chino sigue ejecutando su estrategia de dominio económico con notable sofisticación.

 

Aclaro: yo no creo en teorías conspirativas, lo que digo es política económica, pura y dura: el Banco Popular chino ha añadido otro chute de liquidez a las empresas chinas de hasta 50.000 millones de dólares. Dos semanas antes, inyectó cien mil millones. Resultado: sube la bolsa, suben los activos de riesgo, se relajan tensiones… mientras el yuan aguanta contenido. Una de las claves del modelo chino es la manipulación sistemática de su moneda. Si se observa la evolución del yuan frente al dólar, la pregunta no es quién influye en su cotización, sino quién la controla. Y la respuesta es sencilla: su Banco Central, a través del resto de los bancos estatales, impide que el yuan se aprecie, aunque la lógica económica sea justo lo contrario. Parecería lógico y razonable que el país con mayor superávit comercial del mundo fortalezca su moneda: China mantiene un superávit gigantesco, estructural y persistente, que -además- se presenta ante el FMI o la OCDE con estadísticas, digamos, creativas. China falsea sus datos, los maquilla y oculta cuando conviene. Lo hace sin que nadie chiste, porque… ¿quién le tose al elefante en la habitación?

 

Y aquí viene la parte más perturbadora, la que chirría en tertulias políticamente amaestradas: Trump tiene razón cuando dice que hay que frenar a China. No por las razones que él cree, ni con los métodos que él propone, pero su diagnóstico es correcto: China está arruinando los mercados locales del mundo, construyendo ladrillo a ladrillo un muro de desconfianza y descontento. ¿Cómo lo hace? Pues de una forma tan eficaz como devastadora: la capacidad de producción de China es muy superior a su demanda interna. En lugar de ajustar el exceso, Pekín lo subvenciona. Permite que sus empresas crezcan, se tecnifiquen, ganen eficiencia y reduzcan costes hasta niveles inalcanzables para cualquier competidor occidental que opere sin ayudas masivas.

 

El resultado es el dumping permanente y la colonización de mercados, mientras Europa y USA repiten el mantra de la economía libre, la competencia justa y la neutralidad gubernamental. No subvencionamos de forma comparable, no protegemos sectores estratégicos con la misma decisión y cuando reaccionamos, lo hacemos tarde y mal. Nuestras empresas desaparecen enfrentándose a un Estado que es empresa global.

 

Lo más brillante y peligroso de esa estrategia es que no precisa usar la fuerza: China demuestra que la tiene (por si acaso), pero no la emplea. No invade, no amenaza, no provoca rupturas abruptas. Se limita a ocupar espacios económicos, a crear dependencia y a vaciar de contenido los mercados nacionales. Cuando queramos reaccionar, será tarde: no quedará ya industria que proteger.

 

El reto que hay que afrontar no es solo el de parar a Trump. Trump es un problema ruidoso, visible y -en cierto modo-, gestionable: tiene fecha de caducidad, como una lata de berberechos. China no. Es paciente, visionaria, disciplinada, muy trabajadora y económicamente eficiente. No quiere destruir el sistema internacional: quiere apropiárselo, ocuparlo, dirigirlo. La paradoja es que lo está logrando con la complicidad activa de los gobiernos occidentales, por miedo a represalias, comodidad política, dependencia económica o pura cobardía intelectual. Criticamos a Trump por levantar fronteras, pero aceptamos sin rechistar que China cree monopolios de facto en sectores enteros de la economía global. Por eso ha llegado el momento de hacer hueco en la preocupación por el villano caricaturesco, y vigilar a quien realmente nos rediseña el futuro. Si no lo hacemos, cuando despertemos del sueño amable de la globalización, quizá sea para descubrir que ya no queda mucho que defender.


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