Complicaciones

Francisco Pomares
Cuando no se explican bien las decisiones, es fácil interpretarlas como otra cosa: actos de fe burocrática, respuestas improvisadas o, peor aún, simples excusas. La gestión del desembarco del pasaje del crucero Hondius empieza a ser inexplicable. El Gobierno español decidió no realizar pruebas PCR a los 150 pasajeros del barco, pese a que algunos expertos -entre ellos el epidemiólogo Oriol Mitjà- plantearon por escrito la conveniencia de hacerlo. La respuesta oficial, trasladada por el secretario de Estado de Sanidad, fue tan escueta como desconcertante: no se hacía porque hacer esas pruebas complicaría mucho el dispositivo.
Surge la pregunta: ¿complicarlo en qué sentido? Si algo hemos aprendido de nuestra experiencia con el covid es que identificar a los infectados suele simplificar las cosas, no complicarlas. Permite acotar el problema, reducir la incertidumbre y aplicar medidas proporcionales. Justo lo contrario de lo que ocurre cuando se actúa a ciegas.
Es cierto que el hantavirus no es el covid, y que las PCR no son una herramienta perfecta ni garantizan la detección en fases muy tempranas. Pero tampoco resultan irrelevantes, son útiles para acercarse a la dimensión real del problema y reducir la incertidumbre. Pero el Gobierno prefirió no utilizarlas. La OMS sí hizo pruebas a las personas que se suponía infectadas y a sus allegados más cercanos, pero el Gobierno español no quiso hacerlas. Si se hubieran realizado pruebas a los pasajeros, el resultado más probable habría sido la identificación de un número limitado de casos, probablemente asintomáticos. Eso habría permitido focalizar recursos, aislar de forma selectiva y reducir la dimensión y complejidad del enorme dispositivo desplegado. Es decir, se habría logrado exactamente lo contrario de complicarlo.
En lugar de eso, se optó por trasladar a todo el grupo bajo un esquema generalizado de riesgo, sin discriminar entre infectados y no infectados. Y ahí la explicación oficial hace aguas. Porque si existían razones técnicas para no realizar las pruebas, lo razonable habría sido explicarlas con claridad. Detallar las limitaciones diagnósticas, justificar el criterio epidemiológico, argumentar la decisión. No decir que realizarlas haría más complejo o complicado el despliegue de ayer.
Sobre todo si la supuesta complejidad y seguridad del operativo se desmiente por sí sola al observar su chapucera ejecución. Imágenes emitidas por La Sexta mostraron ayer a un miembro del equipo abandonando el operativo con el EPI en la mano para tirarlo en una papelera en plena vía pública. Según los protocolos de la Organización Mundial de la Salud, eso supone una violación grave de bioseguridad, una ruptura de la cadena de contención. Y entonces ya no se trata de solo de si las PCR complican la operación, sino de entender qué tipo de complejidad se estaba gestionando realmente. Si el problema era organizar pruebas diagnósticas o más bien evitar errores básicos de procedimiento.
Pero hay más: cabe plantearse -y es una pregunta legítima- si la decisión de no hacer pruebas responde a otra lógica: la de evitar conocer con precisión quién estaba infectado antes del traslado.
No saber, en ocasiones, permite operar con categorías amplias, diluir responsabilidades, trasladar a todo el grupo bajo un mismo paraguas sin tener que discriminar, sin tener que explicar por qué unos sí y otros no, sin tener que gestionar casos concretos. Aunque esa operativa tiene un coste evidente: aumenta la incertidumbre, que es pésima aliada de la gestión sanitaria. De hecho, ya ha trascendido la aparición de un pasajero francés desembarcado ayer en su país, con síntomas compatibles con el hantavirus de los Andes. ¿No habría sido razonable identificar antes ese caso? ¿No habría simplificado eso el traslado, en lugar de complicarlo? Porque el sistema elegido no era precisamente el más sencillo. Se optó por una operación amplia, generalista, con un despliegue considerable y con margen para errores como los ya vistos. Y todo ello, paradójicamente, evitando una herramienta básica que podría haber reducido el problema a su mínima expresión.
La siguiente duda ya no tiene una respuesta técnica, sino política: ¿Por qué no se quiso hacer los PCRs? ¿Qué interés había en no conocer con mayor precisión el estado real de pasajeros y tripulación antes de su desembarco? ¿Qué se ganaba optando por el escenario más amplio, más difuso, más difícil de gestionar? No solo no hay respuestas claras, sino que la que se ofrece es tramposa. Preguntada ayer la ministra de Sanidad sobre si se habían hecho tests, dijo que si. En realdad no se hicieron., La ministra se refería a las encuestas realizadas a los pasajeros. Pero una encuesta no es un PCR, es otra cosa. Y en materia sanitaria, la confianza no se construye solo con decisiones, sino con explicaciones. Y cuando estas no llegan, o no convencen, lo que crece no es la seguridad, sino la sospecha.
Sería conveniente saber por qué el Gobierno no siguió el criterio técnico. Por qué prefirió un operativo monumental, con enorme complejidad y cobertura, a algo más sencillo y tranquilo. Y por qué la ministra intentó ayer confundirnos sobre los test que no quiso hacer…