Lunes, 22 Junio 2026
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Mar Arias Couce

 

A raíz de un reciente viaje a Fuerteventura en el nuevo barco de Balearia pude contemplar en directo cómo reacciona alguien al descubrir el viento de Lanzarote por primera vez. La chica, encargada de acompañar a los pasajeros que viajan sin coche, venía de trabajar en la ruta Algeciras-Ceuta y soñaba con conocer Canarias, pero supongo que ella quería la Canarias de las fotos, con las playas maravillosas de arena blanca y aguas azules. Lo del viento no lo contemplaba. Normal, eso no sale en las fotos.

La buena mujer, tratando de controlar el pelo con una mano, mientras nos indicaba el recorrido con la otra, nos preguntó si esto siempre era así.

En septiembre y octubre, no, le contestamos, y pasamos a desarrollar el argumento de que es nuestro ventilador particular y que gracias al viento no tenemos las temperaturas extremas que sufren en la península en verano. Creo que puedo decir con seguridad que la explicación no le convenció en absoluto.

Tras un silencio corto preguntó: “¿Y aquí la gente va a la peluquería? ¿para qué?”. La mujer no acababa de creérselo, y yo, que después de casi tres décadas en la isla supongo que ya me he acostumbrado a los vendavales lanzaroteños, no supe qué decirle.

Supongo que el viento forma parte del paisaje emocional de Lanzarote. Aquí uno no mira la previsión del tiempo para saber si hará viento, sino para averiguar si hoy el viento te va a despeinar con cierta dignidad o directamente te va a convertir en un personaje secundario de “Twister”.

Porque el conejero de verdad ya ha desarrollado habilidades que en otros lugares parecerían absurdas: tender una sábana sin perder un ojo, abrir la puerta del coche sujetándola con la rodilla para que no salga despedida o identificar por el sonido si el cubo de la basura del vecino acaba de iniciar viaje hacia Tahíche.

También hemos normalizado cosas que a cualquiera de fuera le parecerían señales del apocalipsis. Por ejemplo, que un día “bueno” en la playa sea aquel en el que solo se te llena media tortilla de arena. O que haya personas capaces de reconocer la fuerza del viento simplemente viendo cómo ondea una palmera, igual que un marinero del siglo XVIII. Aquí la escala Beaufort la llevamos integrada en el ADN.

Y luego están las conversaciones surrealistas que provoca el viento. Ese clásico de “hoy está flojito” pronunciado mientras una señora persigue su sombrero carretera abajo, o esa costumbre tan nuestra de hablar inclinando ligeramente el cuerpo hacia delante, como si estuviéramos permanentemente atravesando una tormenta polar en lugar de yendo a comprar pan.

De hecho, sospecho que, si algún día desapareciera, los lanzaroteños no sabríamos qué hacer. Probablemente, al tercer día sin ráfagas, alguien terminaría llamando al Cabildo para preguntar si eso entra ya en declaración de emergencia.


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