Concentrar el voto

Francisco Pomares
La política tiene una extraordinaria capacidad para cambiar de forma sin que sus protagonistas cambien de gesto. Lo que ayer era una exigencia de Vox para que el PP le dejara el terreno libre en Canarias, ha acabado convertido en renuncia de Abascal a presentar candidaturas al Senado en todas las circunscripciones del archipiélago. Vox pasa de reclamar el paso a dar un paso atrás. Todo ello, naturalmente, por España, que es la explicación habitual cuando los partidos necesitan presentar el resultado de sus negociaciones como un sacrificio por el bien común.
La renuncia a presentar listas canarias al Senado forma parte de un acuerdo global para presentar un único senador en 14 provincias -eso reforzará las posibilidades del PP, y no presentar a nadie en las provincias de Las Palmas, Santa Cruz de Tenerife, Cádiz, Valencia, Castellón y Baleares, a cambio de que el PP incluya en cada una de sus listas a un candidato independientes, a propuesta de Vox. Hay, por tanto, contraprestaciones. Falta conocer su concreción en las islas, los nombres y las posibilidades de elección. El desenlace invierte el planteamiento inicial: quien reclamaba una cesión ha acabado cediendo, y el vocabulario político facilita que estas cesiones de última hora puedan explicarse como una demostración de la altura de miras que Abascal reclamaba.
La operación responde a la batalla por el Senado, donde ambas derechas quieren impedir que la concentración electoral del voto del Frente Amplio en las listas del PSOE les arrebate la mayoría. Aspiran además a lograr una representación suficientemente amplia para intervenir con mayor fuerza en las decisiones institucionales que requieren mayorías cualificadas. Detrás de las invocaciones a la generosidad, el patriotismo y blablabla, lo que hay son cuentas bastante precisas. Los partidos suelen descubrir la altura de miras cuando comprueban que presentarse por separado puede salir mucho más caro que entenderse.
Al otro lado del teatro político ocurre lo mismo: la retirada del Frente Amplio en las provincias donde carece de representación, pretende darle aire al PSOE, concentrando las opciones de la izquierda. Partidos que siempre encuentran razones insuperables para distinguirse unos de otros, descubren que pueden entenderse cuando hay que frenar al fascismo. Las diferencias siguen ahí, pero pasan a un segundo plano. Ya habrá tiempo de ajustar cuentas después.
Ambas operaciones se basan en la misma lógica electoral: nadie está obligado a presentar candidatos si eso facilita la victoria de los adversarios. Los acuerdos previos permiten que el elector conozca, antes de votar, algunos de los entendimientos que podrían determinar la legislatura. El problema surge cuando todas las decisiones se organizan alrededor de la única instrucción de hacer lo que sea necesario para impedir que ganen los otros. Programas, candidatos y territorios se difuminan: quedan subordinados a sumar en el bloque correspondiente.
En Canarias esa operación merece una pensada: elegimos senadores por islas con realidades políticas diferentes, liderazgos propios y competencias electorales que no pueden reducirse a la suma nacional de siglas. El PP obtiene hoy su única representación senatorial en Tenerife y Gran Canaria; el resto de circunscripciones insulares responden a otros equilibrios. Dibujar el archipiélago como un trofeo que puede ganarse en una mesa de negociación en Madrid simplifica demasiado las cosas.
La retirada de Vox elimina un competidor de los populares, pero no entrega sus votos al PP en una bolsa. Un elector puede elegir otros nombres o no votar. Las direcciones de los partidos deciden a quién colocan en las listas, pero su capacidad para ordenar lo que hacen después los ciudadanos con su voto es bastante más limitada.
Tampoco la renuncia del Frente Amplio garantiza que cada sufragio potencial termine en el casillero del PSOE. La aritmética funciona como un reloj en las reuniones parlamentarias, donde nadie tiene la costumbre de votar por su cuenta. Fuera de las Asambleas legislativas y los despachos, hay lealtades, rechazos, preferencias personales y cansancios, que no siempre se manejan correctamente en las hojas de cálculo.
Lo que sí se consolida es una política de bloques cada vez más impermeables: años de presentar al adversario como una amenaza para la democracia desembocan en esta obligación de agruparse para salvarla. Cada cual identifica la supervivencia del país con el triunfo propio. Y cada renuncia encuentra su justificación en la gravedad del peligro que representan los otros. Algo tan anodino como el voto al Senado acaba adquiriendo aires de última batalla. En esa dinámica, la condición territorial de la Cámara Alta queda arrinconada por su utilidad en la confrontación estatal. La noche del recuento promete: comprobaremos si los votantes aceptan instrucciones, si las retiradas producen el rendimiento esperado y quién gana finalmente con este ejercicio de autoninguneo. El Senado, tantas veces relegado a una esquina de la pantalla, se vuelve centro de atención. Los partidos nos demuestran lo flexible que llega a ser la política. Falta ver hasta dónde nos doblamos los votantes.