Viernes, 06 Febrero 2026
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Francisco Pomares

 

Pocas obras explican mejor lo que es la justicia territorial que la reciente interconexión eléctrica entre La Gomera y Tenerife, una obra que ha durado años, y que –después de varios días de pruebas- fue finalmente inaugurada ayer.

 

La Gomera ha vivido en los últimos tiemposlo que significa depender de un sistema eléctrico aislado y obsoleto. Una alarmante sucesión de ceros energéticos -el último a finales de enero- no han sido solo un contratiempo incómodo, sino un recordatorio severo de hasta qué punto la electricidad es hoy sinónimo de normalidad, seguridad y dignidad cotidiana. Hospitales, residencias, colegios, empresas, hogares: cuando la luz se va, todo se para. Por eso esta conexión entre los sistemas eléctricos de Tenerife y La Gomera, con un coste cercano a los 150 millones de euros, no es ni una demostración del poder de Casimiro Curbelo en el ecosistema político canario, ni un lujo tecnológico para los gomeros, ni una medalla política a colgarse por el Gobierno de turno. Es básicamente la demostración de cómo funciona la justicia territorial, de lo que es la solidaridad entre regiones y territorios, de cómo el dinero público debe servir para atender a quienes más lo necesitan.

 

El nuevo enlace une la subestación de Chío, en Guía de Isora, con la de El Palmar, en San Sebastián de La Gomera, mediante un doble circuito de 66 kilovoltios, capaz de transportar hasta 50 megavatios. Son 36 kilómetros de cable tendido en el lecho marino, a una profundidad máxima de 1.145 metros: probablemente el enlace submarino más profundo del mundo, al menos en su categoría. Una proeza de ingeniería silenciosa, diseñada además para minimizar el impacto ambiental mediante perforación dirigida y trazados respetuosos con el fondo volcánico del Atlántico que rodea Canarias.

 

Pero más allá de las cifras, lo realmente relevante es lo que cambia a partir de ahora. La Gomera deja de ser un sistema aislado y pasa a integrarse en un esquema robusto, más seguro y fiable. Es la segunda ocasión que esto ocurre en Canarias, tras la conexión entre Lanzarote y Fuerteventura, que se produjo en 2005 en dos islas separadas por un mar mucho menos profundo.

 

Para una región pequeña y fragmentada, que desde la generalización del uso de la electricidad ha sobrevivido gracias a sistemas eléctricos insulares sin conectar entre ellos y alimentados básicamente por fuel, lo de La Gomera es una extraordinaria hazaña que dice mucho del esfuerzo y la solidaridad entre españoles. Los sistemas eléctricos de las islas son muy costosos- de hecho, se mantienen gracias a la contribución -abonada en su factura de la luz- del resto de españoles. Y avanza porque el Estado a veces funciona y asume riesgos como el de una inversión multimillonaria para conectar una isla poblada por 20.000 habitantes, con otra donde viven ya más un millón. Eso supone un salto impresionante para una isla pequeña, que ha soportado multitud de incidencias en el suministro eléctrico.

 

La satisfacción que estos días se percibe en la isla es más que comprensible. También el tono del discurso de Curbelo en la inauguración de la que es –sin duda- la obra de mayor importancia acometida en su isla durante todo su largo mandato. Un sueño del pasado convertido en herencia para los gomeros del mañana. Curbelo situó la obra en la secuencia histórica que va de la isla abandonada a su suerte -la del tiempo del quinqué y el ritmo marcado por la salida del sol-, hasta esta infraestructura que simboliza la victoria sobre el aislamiento energético.

 

No hubo exceso de épica, sino memoria, sentido común, agradecimiento y una indisimulada alegría.

 

La interconexión llega en un momento clave para el modelo energético gomero.

 

La isla ha puesto en marcha en los últimos años cinco parques eólicos con una capacidad de generación superior a los 11 megavatios, prácticamente el consumo habitual de la isla. Hasta ahora, una parte muy considerable de esa energía limpia se desperdiciaba por falta de capacidad para integrarla con seguridad en el sistema. A partir de hoy, el cable permite consumir renovables cuando se generan y exportar los excedentes a Tenerife, reduciendo el uso de la central térmica de El Palmar y el consumo de combustibles fósiles. Eso no sólo representa más seguridad en el suministro, también significa una apuesta decidida y coherente por la descarbonización y la transición energética. Que La Gomera envié su electricidad limpia sobrante a Tenerife, una isla aún lastrada por las decisiones erróneas que han mantenido en uso el fuel, es otro acto de justicia, pero esta vez de justicia poética.

 

La inversión, acometida por Red Eléctrica Española, la empresa pública de transporte eléctrico, ha contado con una planificación larga y compleja que explica por qué estas obras no se improvisan ni se anuncian para mañana. Llegan cuando pueden llegar. Y cuando lo hacen, se nota. Conviene subrayarlo porque durante años La Gomera ha esperado esta conexión mientras veía cómo se acumulaban retrasos, informes y prioridades ajenas.

 

La inauguración de ayer es el cierre de una deuda histórica. Y el mejor legado de una larga etapa de modernización de la isla.


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