Miércoles, 29 Abril 2026
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Guillermo Uruñuela 

 

 

La verdad que resulta tarea casi imposible conseguir ver una película en la caja tonta sin perder el hilo de la misma. Y es esta acción tan inocente delante de una pantalla, la que te muestra el apelativo que se le atribuye a dicho aparato tecnológico, que más bien debería nombrarse como caja de tontos.

 

El otro día estaba tranquilamente en mi casa sentado intentando, cosa que no conseguí, ver una película. Concretamente era en el canal Cuatro, digo esto para situar no con ánimo de ofender, ya que cualquier cadena ofrece lo mismo o por lo menos siguiendo el mismo esquema publicitario; a excepción de TVE. Pero la acción fue más complicada de lo que presumiblemente se estima. La faena comenzó aparentemente bien pero poco a poco fue desgastando mi ánimo y mi interés. Mil anuncios en un espacio de apenas dos horas. Pero no sólo los parones publicitarios me irritaron, hasta tal punto que el film se convirtió en algo secundario.

 

Después de una hora sentado había conseguido disfrutar de unos 35 minutos de la historia en cuestión y si hacemos cuentas obtenemos 25 minutos de Telefónica, pastas Gallo, Audi o Ferrero Rocher. Pensé entonces que era normal y es a lo que nos tienen acostumbrados. Así que ahí continué con mi empeño y mis 25 minutos a la espalda. La segunda hora y algo, como es de esperar y todos sabemos también, continuó con este cómodo formato, que intercala la emoción cinematográfica con la banalidad del Ariel. Pero no podemos luchar contra esto; ahí está el sustento de las televisiones y el porqué de que puedan emitir. Pero estoy seguro que se podría hacer algo más, no lo sé. También sé que las franjas horarias marcan el precio del espacio publicitario, pero repito que deberían intentar buscar una fórmula en la que conjuguen la calidad televisiva con el beneficio empresarial. La televisión tiene programas que buscan el entretenimiento, como es el caso de estas reproducciones. Pero si este entretenimiento no consigue su fin vale más que lo quiten y no nos tengan como tontos para ver cómo acaba aquello.

 

Se me olvidó relatar qué pasó al final la película. Me gustaría poder contárselo, pero la verdad es que no lo sé. Porque las cadenas, para hacer más frustrante la cosa, han inventado una nueva forma de engañarnos. Cuando estaba harto, pero entregado al final de la película, resulta que todavía quedaba una hora de film que te lo reservan amablemente para el jueves, no vaya a ser que entre tanto parón, anuncio y demás a alguno le dé un infarto


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