Miércoles, 17 Junio 2026
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Andrés Martinón

 

Hace un par de semanas fui miembro del jurado del Festival Internacional de Cine de Lanzarote. La organización brilló a una altura increíble. Todo súper bien medido y controlado. En una de las comunicaciones me preguntaron si quería llevar acompañante y respondí que no. Que no tenía. Vamos que no tengo pareja. Pero al día siguiente pensé que igual podría estar solo mucho tiempo en la gala de clausura y sería mejor ir con alguien. Y se lo dije a uno de mis hijos, que accedió hasta con ilusión.

Días después me decía en el coche que le gustaría hacer cine. Que le haría ilusión hacer un cortometraje. Le dije muy bien. Pues empieza grabando con el móvil; editando con el CapCut; que lo intente, que se equivoque, que vea donde están los errores. Ni  me  dijo sí, ni me dijo que no.

Otros días más tarde me dijo que igual le gusta la actuación. Y le dije apúntate en una escuela de interpretación. Me dijo que no había ninguna. Todavía me  río. Le dije que había varias. Y ya fue cuando le dije: “Tú no vas a hacer nada,  porque tu generación está acostumbrada a que se lo hagan todo, y si  no se lo hacen, no se  mueven”. Y volvió a no decirme ni que sí, ni que no”.

Y le conté como un abuelo cuenta historias a su nieto, que en  mi época o me las buscaba yo, o nadie hacía  nada. Mis  padres no sabían ni lo que yo hacía.

Le conté la historia que ya escribí en un artículo que no encuentro  en  internet cuando viendo a los vecinos de la calle de enfrente cómo se hicieron una canasta de quita  y pon en la calle, los copiamos y buscamos un aro, y un tablón y un portero del edificio que era un artista y tuvimos una buena canasta donde jugar en esos días donde no había ni móviles ni consolas. Lo único que había era… el aburrimiento.

Y ya me vine arriba. Y me acordé  cuando fuimos al cine y vimos dos películas que si las veo hoy me dan o risa, o miedo. Vimos ‘Breakdance’ y ‘BeatStreet’ y claro que fue lo que mi  pandilla y yo quisimos hacer después de ver la peli. Pues crear un  grupo de Break. Eramos malos. No sabíamos ni hacer el ‘helicóptero americano’. Eso sí, teníamos claro que había que conseguir unas  gorras para poder hacer lo del giro de gorrita. Y cómo teníamos ideas pero no dinero,  uno del grupo dijo que su tío tenía una empresa de insecticidas y que tenían gorras publicitarias en las que se  leía la marca ‘Mosfertil’. Las vimos hasta bonitas.  Fuimos a algún pique de break y nos pasaron por encima, pero sobre todo recuerdo, que para vacilarnos nos llamaban ‘Los Mosfertil’.

En definitiva y miserias a parte,  esta ridícula historia solo sirve para recordar que  la iniciativa tenia su aquel y que supongo que las ventajas que les hemos  podido dar a nuestros hijos son buenas para unas cosas y no tan buenas para otras.


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