Lunes, 23 Febrero 2026
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Francisco Pomares

 

El paseo militar ruso sobre Ucrania se ha convertido en una guerra de desgaste que cumple ya cuatro años. Cuando Putin ordenó la invasión en febrero de 2022, el cálculo parecía sencillo: una ofensiva rápida, caída del Gobierno de Kiev, asesinato de Zelenski, instalación de un régimen afín y vuelta a casa antes de que Occidente reaccionara con algo más que discursos. Nada de eso ocurrió. Cuatro años después, el frente permanece esencialmente estancado. Rusia controla zonas de Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jersón, que suponen menos del 20 por ciento de territorio ucraniano, pero su presencia no es fruto de una blitzkrieg victoriosa, sino de una sangrienta guerra de trincheras, artillería y drones. Cada avance ruso cuesta miles de bajas y semanas de combates. Cada contraataque ucraniano requiere un esfuerzo titánico en hombres y material.

 

Las cifras de muertos son la confirmación del fracaso estratégico. Estimaciones occidentales apuntan a que Rusia ha sufrido entre el doble y el triple de bajas que Ucrania, sumando muertos, heridos graves e incapacitados permanentes. Moscú ha tenido que recurrir a movilizaciones parciales, a incentivos económicos crecientes para el alistamiento y a la contratación de reemplazos procedentes de regiones periféricas o de minorías étnicas. El coste humano multiplica por cinco el de la guerra de Afganistán, y empieza a pesar incluso en una sociedad acostumbrada a la resignación.

 

En el campo de batalla, la incapacidad rusa para lograr una ruptura decisiva del frente ha derivado en una estrategia alternativa: el castigo sistemático de la retaguardia ucraniana. Bombardeos masivos contra infraestructuras energéticas, redes eléctricas y sistemas de calefacción buscan lo que no ha conseguido el ejército sobre el terreno: quebrar la moral civil. Es la apuesta por el General Invierno, por el desgaste psicológico de una población que entra ya en su cuarto invierno de guerra, y sufre bombardeos de sus ciudades todos los días.

 

Pero Ucrania aguanta. Con un ejército más pequeño, una economía devastada y millones de desplazados internos y externos, el país ha mostrado una resistencia que nadie pronosticó. El liderazgo de Zelenski, logra mantener la cohesión política básica y sostener la resistencia militar. La economía, aunque por debajo de los niveles anteriores a la guerra, no ha colapsado. Funciona en modo supervivencia, apoyada en transferencias externas, ayuda humanitaria y financiación internacional.

 

En el interior de Rusia, el panorama es mucho más complejo de lo que asegura la propaganda del Kremlin. Las sanciones de Europa y sus aliados no han provocado el derrumbe que algunos pronosticaron, pero sí erosionan la capacidad productiva, limitan el acceso a tecnología avanzada y obligan a Putin a destinar una proporción creciente del presupuesto al esfuerzo bélico. La inflación creciente y la escasez de bienes afectan a una población cada vez más harta. La economía de guerra sostiene un crecimiento artificial, pero hipoteca el futuro del país.

 

Y en este escenario aparece un elemento clave: el cambio radical de EEUU. La reducción drástica de la ayuda militar y financiera en el último año ha alterado el equilibrio, Ya no es Washington quien asume la mayor parte del liderazgo del apoyo a Kiev. La carga se ha desplazado hacia Europa: Reino Unido, Alemania y los países del norte y del este europeo —Polonia, los bálticos, los nórdicos—, han incrementado sustancialmente su aportación militar y económica. Europa ha logrado compensar casi completamente la retirada estadounidense, aunque con un esfuerzo presupuestario y político considerable. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, el continente sostiene casi en solitario una guerra convencional de alta intensidad en su frontera oriental.

 

La guerra ya no es sólo un conflicto entre Rusia y Ucrania; es una prueba de resistencia estratégica para Europa. Si Kiev cae o se ve forzada a aceptar una paz humillante, los efectos para el resto del continente serían devastadores. Pero sostener indefinidamente una guerra de desgaste tampoco es políticamente sencillo. La población europea muestra signos de fatiga y rechazo: los presupuestos públicos se tensan. El debate sobre el rearme, la autonomía estratégica y el futuro de la OTAN se agría. ¿Cuánto tiempo puede sostenerse indefinidamente una guerra sin victoria?

 

El balance a estos cuatro años es, por tanto, ambiguo y sombrío. Rusia no ha ganado. Ucrania no ha sido derrotada. Trump ha dividido a Occidente, y no se ha logrado forzar a Moscú a retirarse. A pesar del desgaste, a paz parece tan lejana como en el segundo año del conflicto.

 

Lo único que ha quedado claro es el monumental error de cálculo que cometió Putin al iniciar la invasión. Subestimó a Ucrania, la capacidad de resistencia de su sociedad y el alcance de la reacción europea. Pero también Occidente confió en la eficacia inmediata de las sanciones que no han logrado que Rusia retroceda. La guerra es hoy una tragedia moral. Millones de civiles han visto destruida su vida. Generaciones enteras crecerán marcadas. Y Europa ha descubierto -demasiado tarde- que la paz no es un estado natural sino un equilibrio frágil, que exige algo más que buenas intenciones.


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