Cuestión de fe

Francisco Pomares
No sé de qué se sorprende el patio. Es lógico que Zapatero haya negado haber intervenido en el rescate de Plus Ultra. Y también que rechazara su vínculo con sociedades en el extranjero o defendiera los pagos recibidos como abono por trabajos de consultoría. Todo eso era perfectamente previsible, forma parte de una estrategia procesal relativamente normal. Hasta es razonable, desde un punto de vista del procedimiento al que se enfrenta, que haya optado por no dar explicaciones sobre las joyas, precisamente el día en que comparecía para defender su credibilidad. Si no hay una explicación que pueda resultar creíble, mejor no darla, debe haber pensado. Eso es también pura estrategia procesal. Quizá la única posible después de una semana en la que el relato de Zapatero se derrumbaba con la rectificación del presidente del Ateneo madrileño, Luis Arroyo, forzado a pedir perdón por haber hecho una valoración de las joyas de entre 30.000 y 50.000 euros, cuando el peritaje oficial elevó la cifra a 1,3 millones.
Pero una cosa es la estrategia judicial, y otra que Zapatero pretenda además escapar limpio de polvo y paja. La expectativa creada –y anunciada- era que el expresidente aprovechara su declaración para ofrecer una explicación coherente sobre el origen del botín. En lugar de eso, lo que decidió fue… ¿posponerla?
Hay algo muy difícil de recuperar en política: la confianza. Porque la confianza se erosiona muy fácilmente en colisión con la mentira. La imagen de Luis Arroyo compareciendo compungido para reconocer que había inducido a error a los medios porque creyó la información que le habían trasladado, es probablemente uno de los episodios más dañinos de este serial.
Zapatero había logrado presentarse durante años como una especie de reserva moral de la izquierda española. Podías estar o no de acuerdo con sus políticas, pero conservaba una reputación personal de honradez básicamente intacta. Fue un mal gestor público de la crisis económica, provocó frívolamente el inicio del procés catalán, inició la división en dos mitades irreconciliables de un país laboriosamente cosido en la Transición y confundió socialismo con reparto urbi et orbi de cheques bebé. Pero ni él ni su gobierno se pringaron: esa era precisamente su principal señal de identidad hasta que el juez Calama escribió en su auto que la declaración de Zapatero “no ha logrado desvirtuar los indicios existentes”. Es una sentencia jurídicamente relevante y políticamente demoledora. Cuando una reputación se resquebraja hasta el derrumbe, queda poco a qué aferrarse. Y ahí está la tragedia del personaje: la pérdida de toda credibilidad de alguien que durante años hizo de su honradez su principal activo público.
No es reprochable que un dirigente político acusado de corrupción se declare inocente. Eso lo hacen todos. Lo extraordinario es que pretenda sustituir las explicaciones por una petición de confianza personal. Es una inversión completa de la carga de la prueba, que no funciona igual en el terreno político que en el judicial. Zapatero no nos dice: “Esto es lo que ocurrió”. Nos dice: “Confíen en mí, crean ustedes que eso no pudo ocurrir, tengan confianza”.
Pero en democracia, la confianza no es el punto de partida. Es la consecuencia de ser claro y transparente. Primero se explican los hechos y después los ciudadanos deciden si conceden o no credibilidad a quien se explica. Zapatero pretende recorrer el camino en sentido contrario. Solicita un acto de fe previo para evitar tener que ofrecer las explicaciones que justificarían esa confianza. Muy sentimental todo.
La comparación con los cinco días de reflexión de Sánchez resulta inevitable. También entonces se apeló a la emoción, al sufrimiento personal y a la victimización como forma de desplazar el debate de los hechos a los sentimientos. Pero incluso aquel episodio partía de un relato muy bien urdido por Moncloa: la denuncia pública de acoso político al hombre enamorado. Aquí la situación es mucho más difícil de sostener: hablamos de transferencias económicas documentadas, de pagos procedentes de empresas relacionadas con operaciones bajo investigación, de un patrimonio cuya explicación sigue pendiente y de unas joyas que han pasado del relato de la herencia familiar a convertirse en símbolo de la credibilidad perdida.
La escena de esta mañana, con Zapatero huyendo apresuradamente de la Audiencia Nacional, huele a final de la historia. Durante años, Zapatero había disfrutado de una posición singular en la izquierda española: conservaba autoridad moral, y esa autoridad era su principal patrimonio político. Y cuando llega el momento de explicarse, decide no hacerlo y ofrece a cambio una petición de fe. Pero la fe pertenece al ámbito de las creencias. La política democrática, en cambio, se sostiene sobre las explicaciones. Y cuando las explicaciones desaparecen, la confianza se va con ellas.