Lunes, 13 Abril 2026
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Por Guillermo Uruñuela 

 

Era la una de la madrugaba cuando por fin, después de un día agotador, el avión tomó tierra. Me disponía a bajar de la nave a medio camino entre el agotamiento, el cabrero y el dolor de cabeza insufrible. Tenía calor, la cara quemada, las piernas entumecidas y además olía a tigre.

Era un domingo y a las pocas horas tenía que acudir a mi puesto de trabajo con lo que inconscientemente mi irritación fue mayor. Y no sólo eso. Era conocedor de que si había sido capaz de sortear esta Odisea, al regresar al mediodía a mi casa, no tendría la comida preparada, las dos maletas estarían llenas de ropa sucia y me tocaría seguir faenando para limpiar todo aquello, tender, colocar e ir al supermercado por lo menos para tener agua.

En la previa de todo esto que les cuento, me encontraba en Madrid junto a mi compañero Ayoze, junto a una quincena de niños de 11 años, entre los que se encontraba mi hijo. Nos fuimos a jugar un torneo de fútbol durante tres días, en jornadas maratonianas con hasta tres partidos por día, en diferentes campos. La fecha señalada tuvimos que abandonar el hospedaje y estar deambulando por las calles céntricas de la capital bajo un sol de justicia, con el nerviosismo propio de estar pendientes de que ningún chinijo se extraviase o le diera por tirar piedras a un escaparate.

Es decir, deseaba el aterrizaje como fuera porque mi cuerpo y mente dijeron basta.

Me despedí con pena de todos los compañeros. Estoy triste porque en ese momento estábamos en el avión terminando una partida en la tablet que tuvimos que dejar a medias. Estoy ya en la cama, un poco cansado, con mi padre al lado pero siento nostalgia de lo vivido estos días; me encantaría volver a las cabañas con Adri, Fede, Nico y todos los demás del equipo.

También tengo que reconocer que me supo a poco este torneo. Realmente jugar tres partidos en un día no es gran cosa, hubiese preferido disputar cinco o seis porque allí dentro, con una pelota, soy realmente feliz.

El domingo fue un día fantástico. Bajamos a Madrid en metro, toda una aventura, antes de pasear por la Plaza Mayor. Había muchísima gente, me encantaba sentirme rodeado por todas partes de chinos con la camiseta del Real Madrid. Luego comimos en un Taco Bell y no sólo eso, durante la tarde, en lo que hacíamos tiempo seguimos jugando. Hasta en el aeropuerto con unos globos, antes del embarque y la hamburguesa del Mc Donald, tuvimos tiempo de echar un partido de fútbol tenis con unos globos.

Mismo día. Mismos planes y diferentes visiones. Cuestión de percepciones.


PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD