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Cuestiones poco explicables

  • Francisco Pomares
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    Cada vez resulta más difícil entender porque en política, lo que un día es inaceptable al siguiente resulta perfectamente asumible: la única explicación plausible a la continua asuncion de contradicciones, o a esos apresurados cambios en las líneas rojas de los partidos cuando negocian entre ellos, estriba en la necesidad que tienen unos de los votos de los otros.  Pero no para mejorar el mundo, invertir en educación, sanidad, en una mejor justicia, en medidas para reducir la pobreza o la grieta de la desigualdad social… hoy esta fauna se conforma con administrar el presupuesto, con tener la capacidad de gastárselo. Poder hacerlo, aunque nunca completen la tarea por pura incapacidad,  es ahora lo importante, y eso requiere de acuerdos en falso y continuas concesiones, y al final no cambia nada, no impliqua nada, no representa  ni significa nada. 

     

    Hace tan solo dos días, resultaba sorprendente el trasiego de aliados del PSOE para sacar adelante la votación parlamentaria de condena a Rusia por la anexión de los territorios ocupados y (de paso) por la movilización masiva decretada para que hasta un millón de ciudadanos se incorporen al ejército para sostener la invasión de Ucrania. PP y PSOE votaron juntos en este asunto, donde el PSOE se situó frente a Podemos y Bildu. Sin embargo, acto seguido el sanchismo votó en contra de la propuesta del PP de respaldar la promesa de Sánchez a sus socios de la OTAN de aumentar el gasto militar español hasta el dos por ciento, el compromiso principal del presidente con el atlantismodurante la “increíblemente exitosa y trascendente” -pero ya olvidada-Cumbre de Madrid. 

     

    ¿Puede un partido como el PSOE gobernar con gentes que se niegan a condenar las fraudulentas y criminales anexiones de Putin, su asesinato masivo de civiles, su guerra de destrucción? ¿Puede Pedro Sánchez incumplir su compromiso público con la OTAN de casi duplicar el gasto español en defensa y seguridad? 

     

    Pues lo asombroso es tener que contestar que por supuesto que pueden, tanto el PSOE como Sánchez. Porque este país no está preocupado por lo que haga su Gobierno en relación a la guerra de Ucrania, la mayor y más peligrosa crisis vivida en Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Los españoles parecen mucho más interesados por la narrativa televisada de la marquesa dé Griñón y por los vídeos etílicos filtrados por el desleal ex de doña Tamara, que por el futuro de una Europa sin gas y con una inflación del diez por ciento, por las matanzas en Ucrania o por la chulería nuclear de Putin. 

     

    Nuestro país (y no sólo el nuestro) se ha vuelto completamente idiota, y eso ha ocurrido apenas en unos pocos años. Han bastado paletadas de televisión miserablemente entregada al embrutecimiento de la audiencia, más la penetración de la estulta inanidad de las redes sociales en el debate público, más algo de indecencia política, para que a este paisaje y este paisanaje nuestro no lo reconozca ya nadie. 

     

    Y además produce bastante asquito: dirigentes de máximo nivel que ayer se negaban a rebajas fiscales y hoy se vanaglorian de hacer exactamente las que les mande el Gobierno de la nación, jueces que condenan en función de afinidades o intereses en vez de hacerlo en base a las leyes, periodistas que palmean fanáticamente a quienes les pagan, o extorsionan gansterilmente a quienes no lo hacen, y una pringosa e inabarcable pléyade de personajes catódicos, influencers y vendedores de crecepelo, que se han convertido por ensalmo en los nuevos prescriptores de lo que es correcto y lo que no, de lo que conviene e interesa al mundo. 

     

    Tiempos confusos estos, tiempos en los que el prestigio, la coherencia y las convicciones, carecen de cualquier valor que no sea meramente instrumental y utilitario. Un mundo cada vez más difícil de explicar sin enfadarse, este de hoy

     

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