Decreto para aparentar

Francisco Pomares
Hay algo revelador y obsceno en la pirueta sanchista para resolver esta huelga de la mitad del Consejo: aprobar al mismo tiempo dos decretos para resolver una misma crisis. Uno permite seguir adelante. El otro se prepara explícitamente a sabiendas de que no va a ser aprobado por el Congreso, para ofrecer a Sumar la opción de votar en las Cortes el primero –sin políticas de Vivienda- permitiendo que la posición de la parte del Gobierno que no es Sumar prospere. Es una desvergüenza que la compensación que recibe Sumar se base en la presentación de un decreto alternativo planteado directamente para estrellarse.
El decreto ley, concebido como herramienta excepcional para de urgencia, ha terminado convertido en lo que nunca debió ser: un instrumento de propaganda. Lo novedoso ahora es que la técnica ya ni siquiera se utiliza para gobernar, sino para representar.
O sea: un decreto para que la cosa funcione. Otro para que fracase. Si esto fuera de anillos en vez de ir de decretos, Tolkien no lo habría imaginado mejor: ambos decretos cuidadosamente forjados para que cada socio pueda contar su propia versión del cuento. Ese cuento. Un cuento chino basado en la escenificación de un acuerdo en falso. Porque no nos engañemos: esto no es una solución política, es puro teatro, larepresentación de un artificio institucionalizado. No se pretende resolver el problema, sino disponer de recursos para explicar ante el público y el electorado que el Gobierno lo intenta. Y, de paso, para culpar a otros de que “no le dejen”gobernar.
Sumar puede explicar que su presión y diligencia han logrado incluir la vivienda en la agenda. El PSOE podrá decir que ha salvado el paquete económico. Y cuando el segundo decreto caiga en el Congreso –como está previsto desde el minuto uno– ambos podrán señalar como culpables a Junts, a la derecha, al mercado o a la alineación planetaria. Y tener el cuajo de decirnosque el Gobierno gobierna en defensa del interés general.
La división interna del Consejo de ministros es escandalosa y preocupante, pero personalmente me parece más preocupante el grado de sofisticación que ha alcanzado la política de la simulación. Ya no se trata de vender decisiones discutibles como éxitos. Se trata de fabricar decisiones que nacen deliberadamente para fracasar. De aprobar normas cuya única función real es la de ser rechazadas.
Esto no es política, sino pura dramaturgia.
Y lo es porque el Gobierno –y muy especialmente la izquierda que lo sostiene- ha abandonado cualquier pretensión de coherencia para instalarse en la gestión emocional de su electorado. Lo importante ya no es lo que se hace, sino que lo que se hace se asemeje a lo que se dice. Y perdón por la frase estilo ‘la parte contratante de la primera parte’. Ya a nadie en Sumar le importa lo obvio, lo que defendieron hasta ayer con gallarda templanza. Que el decreto de vivienda no tenga posibilidad alguna de resultar aprobado en el Congreso. Lo que le importa a Sumar es que se les permita fingir que lo han intentado. Que puedan exhibir su decreto bis como prueba de coherencia y fortaleza ideológica.
Me lo tomaría a guasa si no fuera de un desprecio implícito hacia la inteligencia de los ciudadanos. Porque esta operación solo tiene sentido si se parte de una premisa bastante deprimente: que el Gobierno y Sumar creen que los votantes son incapaces de distinguir entre gobernar y representar, entre actuar y escenificar, entre resolver problemas y fingir que se quieren resolver. En otras palabras, que son idiotas. Esa es sin duda la mayor perversión de este episodio: no la división interna, ni el chantaje entre socios que se niegan a entrar al Consejo de Gobierno como niños enfadados, ni siquiera el ridículo institucional de un Consejo de Ministros bloqueado por los propios ministros, y un presidente sin ninguna autoridad real… todo eso es política de baja estofa, política miserable, pero que con su pan se lo coman. Lo realmente grave es la normalización de idiocia y la mentira como métodos de gobierno.
Mientras la realidad –la de los precios, la vivienda, el desparrame petrolero, la guerra, o la incertidumbre económica– sigue ahí, completamente ajena a todo este teatro.