Del duelo al ruido

Francisco Pomares
Lo ocurrido tras el accidente de Adamuz es un buen ejemplo de cómo la política española pierde el pulso justo cuando más falta hace conservarlo. En apenas 24 horas, el debate público sobre el accidente transitó entre dos etapas opuestas: una inicial respuesta al impacto y al duelo, razonable y podría decirse que casi ejemplar; y otra posterior, previsible y autodestructiva.
La primera fase fue la correcta: Feijóo optó por la moderación, evitó la confrontación inmediata con el PSOE y aceptó limitar -siquiera temporalmente- la búsqueda y exigencia de responsabilidades del Gobierno, al menos hasta resolver las tareas más urgentes, la atención de los heridos, la localización de los muertos –ayer concluyó por fin la contabilidad de este terror-, y la búsqueda de explicación a la tragedia.
Se trataba de una actuación alineada claramente con la de Juanma Moreno, presidente de Andalucía, que propició el primer día algo tan básico como poco frecuente en la política española: unidad institucional, coordinación de recursos y atención prioritaria a los problemas reales de las víctimas.
Ese comportamiento fue casi unánimemente respaldado por la opinión pública, y no por blando o por cobarde, sino por sensato. Sólo en las redes comenzó la batalla inane y destructiva que –en apenas unas horas logró imponerse a lo que se dio en llamar “protocolo de tragedia”, y acabó contagiando a parte del parque político. Como casi siempre, Abascal y Ayuso fueron los primeros en romper un acuerdo que convertía en excepcional lo que en cualquier democracia madura debería ser algo normal: primero atender la emergencia; después investigar con rigor; y, solo al final, dirimir responsabilidades políticas. Cuando muere gente, el orden de los factores sí importa. Alterarlo degrada el debate y deshumaniza la respuesta.
Al final la sensatez duró menos que el shock. Apenas veinticuatro horas de duelo. Un PP escaldado por más de un año de cacería tras la Dana, acabó por instalarse en la gresca, siguiendo el tono de revancha marcado por Ayuso y sus conmilitones. Se trataba sin duda de una respuesta emocional y política al daño continuado recibido por el PP, al castigo indiscriminado de Mazón y a una de las más brutales operaciones de culpabilización orquestadas en los últimos años por la izquierda. Los gritos de “Mazón asesino” repetidos en las manifestaciones convocadas por la progresía valenciana aún ensordecen al PP en una de sus regiones principales. La estrategia sanchista de salpicar como responsable también a Feijóo, cuando el PP estableció un formato de cortafuego forzando la dimisión del presidente valenciano, acabó por hacer saltar el corcho que mantenía bajo control la rabia de Paiporta contra Sánchez y el odio popular hacia el aguerrido ministro tuitero.
Las primeras declaraciones del PP apuntando la responsabilidad de Oscar Puente fueron cuidadosas. Pero a veces la presión desborda cualquier contención: pasarle cuentas a Puente no es en absoluto difícil. Se trata de un personaje que cuatro horas antes de que el primer tren descarrillara, andaba por las redes faltándole el respeto a la mujer del alcalde de Madrid, una señora que no está en el barullo. En la diana política la puso él, el ministro holligan, un personaje que pasa más tiempo armando bulla en las redes que ocupándose de sus obligaciones. Alguien tan poco empático que llego a la primera rueda de prensa de la catástrofe sonriendo de oreja a oreja como si fuera a posar para una sesión de selfis. Un tipo que intentó manipular la información de lo ocurrido presumiendo de transparencia mientras intentaba responsabilizar al tren italiano que descarriló primero de todo lo que vino después, porque si la responsabilidad fuera del tren, no sería del que debe mantener las vías en buen estado. Alguien que -preguntado por lo ocurrido con el muro de contención que provocó más muertes en el segundo accidente, el de Rodalies-, primero le echó la culpas a la lluvia, y luego jugueteó impúdicamente con la esperpéntica respuesta de que Adif y Carreteras no se ponían de acuerdo sobre quien era responsable del mantenimiento del muro colapsado. ¿Adif? ¿Carreteras? ¡¡Pero si ambas instancias dependen de su ministerio!!
Ese estilo de Puente, -marca de la casa- ha irritado a todo el mundo, y sus nuevos ropajes de hombre moderado frente a esta crisis, no cuelan, no los compra nadie. Su ministerio es el de Ábalos, donde se ocupaban de un negocio de ladrones, no de mantener en buen estado las infraestructuras críticas en el país. El ministerio de las mascarillas, el que empleaba novias y amantes, mientras los raíles se desgastaban en Adamuz y en medio país…
O sea: es lógico que la gente se enfade y reaccione con rabia. Pero el PP no es la gente: es un partido que pretende volver a gobernar España. Y la política adulta tiene poco que ver con la venganza. También consiste en sostener bajo presión de otros lo que uno considera que es correcto. Lo correcto, en este país y este mundo desquiciado, no es alimentar la bronca, sino mantener la templanza.