Sábado, 18 Julio 2026
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Francisco Pomares

Francisco Pomares

 

Mientras los ojos del mundo siguen pendientes de los avances y retrocesos de la guerra con Rusia, Zelenski ha destituido a su ministro de Defensa, Mykhailo Fedorov, uno de los miembros más populares de su Gobierno y el principal impulsor de la modernización tecnológica del ejército ucraniano. Con solo 35 años, se había convertido en el símbolo de los cambios militares: impulsó el programa de drones, digitalizó buena parte de la gestión militar y era percibido, tanto dentro como fuera de Ucrania, como un reformista eficaz. La decisión de su cese parece responder al deterioro de la relación entre el ministro y la cúpula militar, hasta el punto de hacer imposible su continuidad.

 

La decisión ha provocado una reacción insólita: miles de personas han salido a manifestarse en Kiev y en otras ciudades para expresar su rechazo. En cualquier otro país europeo la noticia apenas llamaría la atención. Pero Ucrania no es cualquier país: lleva ya más de cuatro años soportando una guerra devastadora, vive bajo la presión constante de los ataques rusos y funciona en un régimen de excepción impuesto por las circunstancias. Precisamente por eso resulta tan llamativo que exista una contestación pública de tal magnitud. Y es a segunda vez que ocurre, antes fueron las protestas de julio de 2025, contra una ley que eliminaba la independencia de los dos principales organismos anticorrupción de Ucrania. Fueron las primeras manifestaciones antigubernamentales desde el comienzo de la guerra en febrero de 2022.

 

La mayoría de quienes han protestado ahora no cuestionan el liderazgo de Zelenski ni, mucho menos, la necesidad de resistir la invasión rusa. Lo que consideran es que Fedorov simbolizaba una forma distinta de gestionar el esfuerzo bélico: más innovación, más transparencia y una decidida apuesta por la modernización del Estado. Muchos manifestantes creen que Fedorov representa la lucha contra la corrupción, endémica en Ucrania. Creen que, en plena guerra, el poder político esté sacrificando a figuras reformistas por razones de equilibrio interno o de rivalidad con la cúpula militar. Esa es, al menos, la percepción que expresan muchos manifestantes. Temen que su salida refuerce sectores más conservadores de la administración y del aparato militar. Y puede que tengan razón. Hay además una lectura estratégica: los aliados occidentales -especialmente la Unión Europea, principal sostén financiero de Ucrania, tras el regreso de Trump a la presidencia-    observan estos movimientos con preocupación. No porque cuestionen el derecho de Zelenski a reorganizar su Gobierno, sino porque Fedorov gozaba de una excelente reputación en materia de innovación, compras militares y limpieza en el manejo del esfuerzo económico para sostener la guerra.

 

Todas las guerras conducen a la concentración del poder. Es un proceso casi inevitable. Los gobiernos asumen competencias extraordinarias, se limitan derechos, se restringe la información y las decisiones dejan de discutirse con la normalidad propia de los tiempos de paz. La prioridad fundamental es la supervivencia del Estado.

 

La pregunta es cuánto tiempo puede mantenerse esa situación sin que la democracia se resienta. Reino Unido preservó sus instituciones parlamentarias mientras los nazis arrasaban Londres durante el Bliz. La guerra no sólo destruye edificios y carreteras. También pone a prueba las instituciones, obliga a los ciudadanos a ceder derechos y libertades ante quienes les gobiernan, pero al mismo tiempo les motiva a preservar mecanismos que recuerden a los gobernantes que su poder sigue teniendo límites.

 

Las manifestaciones de estos días en las calles de Ucrania son, en ese sentido, un recordatorio de enorme valor. Los ucranianos no pretenden negar el peligro que afrontan desde hace cuatro años, ni debilitar a su país frente al invasor. Pero están demostrando que en democracia, incluso en circunstancias extremas, el Gobierno debe explicar sus decisiones y aceptar que sean discutidas.

 

No deja de resultar paradójico, claro. La propaganda de Moscú probablemente presente esas protestas como un síntoma de debilidad de la democracia ucraniana. Aunque lo que significan sea exactamente lo contrario. En Rusia es absolutamente impensable una manifestación multitudinaria contra una decisión del Kremlin en plena guerra. En Ucrania sí ocurre. Y justo porque ocurre puede afirmarse que, pese a las bombas, pese al dolor y pese al desgaste de cuatro años de conflicto, sigue viva la democracia y con ella un espacio para la discrepancia.

 

Tal vez esa sea la diferencia más profunda entre ambos países. No la potencia militar, sino la naturaleza diferente de sus sociedades.

 

La guerra permite a los gobiernos acumular un poder enorme. La democracia consiste, precisamente, en recordarle al gobierno que ese poder nunca puede ser absoluto. Incluso mientras los misiles siguen cayendo sobre las viviendas de Kiev.


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