Miércoles, 28 Octubre 2026
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Paco Pomares

Francisco Pomares

 

El British Museum vendrá en Tenerife para hablar de la devolución del patrimonio que se conserva lejos de sus lugares de origen. El Museo Arqueológico Nacional, sin embargo, no acudirá. Hay ausencias que resumen mejor un problema que un ciclo entero de conferencias. Si el museo británico acepta sentarse a discutir sobre las colecciones dispersas por el mundo, cuesta entender que el museo español que guarda la momia guanche de Herques no encuentre motivos para participar en una conversación sobre lo que significa restituir, organizada en Canarias.

 

El Simposio Internacional Diásporas Patrimoniales reunirá en noviembre a especialistas e instituciones de Europa, África y América Latina. Vendrán representantes de países que reclaman la devolución de sus bienes y de instituciones que los custodian. Pero faltarán tanto el Arqueológico Nacional como el Museo de América, ambos dependientes del Ministerio de Cultura. Quizá pretenden evitar que alguien les saque los colores. El secretario de Estado asegura que desde el Ministerio no se ha dado ninguna instrucción para que los museos del Estado falten. Cree que debe ser por problemas de agenda. Las agendas tienen una asombrosa capacidad para complicarse cuando las respuestas pueden ser difíciles.

 

La cuestión de la momia permite examinar la distancia entre los grandes discursos sobre la restitución del patrimonio y las decisiones que deberían acompañarlos. Cultura distingue entre bienes expoliados y bienes llegados a sus colecciones por otras vías. La momia, explica, fue un regalo. La palabra cierra la discusión, como si bastara con identificar como se hizo la entrega, para resolver cualquier interrogante sobre su legitimidad. Sobre los regalos también podemos hacernos preguntas. Quienes lo hicieron, en que contexto, con qué autoridad, en nombre de quién y -sobre todo- por qué una decisión puede seguir determinando, siglos después, dónde se conservan los restos de una persona. La documentación no legitima un regalo, sólo explica su trayectoria. No establece la obligación moral de conservar el regalo para siempre.

 

Tampoco hace falta resolver todos las dudas historiográficas sobre la conquista de Canarias, para decidir dónde debe custodiarse hoy la momia. El debate tiene una dimensión más inmediata: Tenerife reclama unos restos que proceden de su territorio y dispone de instituciones y especialistas capaces de conservarlos, estudiarlos y contextualizarlos. El Parlamento canario ha respaldado por unanimidad esa petición. Corresponde explicar qué razón es la que aconseja mantener la momia en Madrid. Y eso es lo que nunca se ha hecho. Porque es un regalo.

 

Se trata de una confusión arraigada, esta de identificar el patrimonio nacional con el que se guarda en la capital. El retorno de la momia de Herques a Tenerife no supone una pérdida para España. Los investigadores canarios no son menos buenos que los de Madrid, y nuestros museos no son museos de baratillo. La momia no tiene que cruzar una frontera para volver a su casa. Sigue siendo parte del patrimonio nacional, solo estará algo más lejos del despacho del Ministro.

 

Cultura invoca los riesgos del traslado. Es una objeción a tomar en serio, precisamente para que pueda discutirse en serio: hay que aportar los informes, establecer las condiciones y los medios necesarias, y reducir el peligro. Nadie propone traerse la momia en una maleta. Lo que se pide es determinar un procedimiento seguro, con las garantías que requiere su conservación. Las consideraciones técnicas no pueden convertirse en negativa indefinida. Si el traslado resulta inviable, habrá que explicarlo con argumentos contrastables. Si puede realizarse bajo determinadas condiciones, habrá que estudiar cómo cumplirlas. La ciencia sirve para conocer los límites y buscar soluciones; utilizada como una puerta cerrada, termina pareciéndose demasiado a una decisión política injusta.

 

Y quizá convenga separar el debate sobre el regreso del de la exhibición. Que la momia vuelva a Tenerife no implica colocarla en una vitrina. El respeto debido a los restos humanos plantea dudas legítimas sobre su exposición, contexto y tratamiento. Pero esas dudas pueden abordarse aquí con igual o más rigor que en Madrid. Retirarla de la vista del público no resuelve dónde debe permanecer, ni convierte su actual ubicación en la única compatible con la dignidad.

 

Por todo eso resulta absurda la ausencia del Arqueológico en el simposio. Participar no obligaba a aceptar nada. Pero ofrece al museo la oportunidad de explicar sus razones, escuchar las ajenas y someter sus criterios a una conversación científica e institucional. Es difícil invocar la complejidad de un asunto y después dejar vacía la silla desde la que se podría contribuir a aclararlo. Después de años de oídos sordos, Canarias ha hecho lo razonable: llevar su reclamación a un foro internacional y discutirla junto a otras experiencias. Merece una respuesta de la misma altura. La revisión del pasado carece de toda credibilidad cuando se convierte en un ejercicio de generosidad con las colecciones ajenas y de egoísmo con las propias. Antes de explicarle al British Museum lo que debe devolver, el Ministerio debe explicarnos porque una momia nuestra ha de seguir en Madrid.


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