Diez años del Brexit

Antonio Salazar
Se cumplen diez años del referéndum que decidió la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Una década después, el Brexit sigue despertando pasiones y continúa siendo utilizado como prueba irrefutable de tesis políticas contrapuestas. Sin embargo, si algo demuestra este aniversario es precisamente la necesidad de desconfiar de los análisis excesivamente simples.
Desde Canarias, donde el Reino Unido constituye uno de nuestros principales mercados turísticos, el asunto tiene una relevancia especial.
Durante años se anunció que el Brexit conduciría inevitablemente al Reino Unido hacia una profunda decadencia económica. Diez años después sabemos que aquellas previsiones eran exageradas. El país no ha sufrido el colapso que algunos pronosticaban y continúa siendo una de las principales economías del mundo.
Eso no significa que la salida de la Unión Europea haya sido gratuita. Existen estimaciones solventes que apuntan a que la economía británica es hoy más pequeña de lo que habría sido permaneciendo dentro del mercado común, hasta una pérdida del 6% de PIB según algunas fuentes. Las nuevas barreras comerciales y regulatorias tienen costes evidentes. Negarlos sería tan poco riguroso como ignorar que tampoco se produjo la catástrofe anunciada.
Quizá el aspecto más interesante sea otro. El mayor coste de esta década puede que no haya sido económico, sino institucional. El Reino Unido ha dedicado años enteros a discutir sobre el Brexit. Ha visto caer primeros ministros, ha atravesado crisis políticas recurrentes y ha consumido una enorme cantidad de energía pública en debates relacionados con la salida de la Unión Europea. Mientras tanto, cuestiones fundamentales como la productividad, la vivienda, la inversión o la competitividad han quedado con frecuencia relegadas a un segundo plano.
También resulta llamativo cómo se ha reinterpretado el propio referéndum. Con frecuencia se presenta como una victoria de la denominada ultraderecha, cuando la realidad fue bastante más compleja. Entre los partidarios de abandonar la Unión Europea había conservadores, laboristas, sindicalistas, liberales y votantes procedentes de prácticamente todos los espectros ideológicos. Del mismo modo, cuando hoy se afirma que los británicos desean volver masivamente a la Unión Europea, rara vez se explica que existen importantes diferencias entre generaciones, territorios y sensibilidades políticas.
Quizá la principal enseñanza de estos diez años sea que los grandes acontecimientos rara vez confirman por completo las expectativas de sus partidarios o de sus detractores. Con demasiada frecuencia analizamos la realidad como si toda decisión tuviera que desembocar necesariamente en un éxito rotundo o en un fracaso absoluto. El Brexit demuestra justamente lo contrario.
Desde Canarias, donde necesitamos un Reino Unido próspero y dinámico, conviene analizar el Brexit con menos pasión ideológica y más atención a los hechos, sabiendo que las sociedades prosperan cuando son capaces de cerrar sus debates, fortalecer sus instituciones -tanto formales como no formales- y concentrar los esfuerzos en crecer con una riqueza compartida.