Disonancia cognitiva

Francisco Pomares
Hay un momento muy reconocible en cualquier conversación política contemporánea entre cuñados. Ocurre cuando uno de ellos introduce un matiz, una duda razonable, un dato incómodo. En ese instante, el interlocutor no responde al argumento: se tensa. Cambia de tono y se defiende. No porque esté en desacuerdo, sino porque se siente atacado. Ese gesto, tan cotidiano, dice mucho más de nuestra democracia que mil encuestas. Lo que provoca el gesto tiene nombre: el concepto lo formuló el psicólogo Leon Festinger en los años cincuenta para describir la incomodidad mental que sentimos cuando una información contradice nuestras creencias. Esa incomodidad genera ansiedad, irritación, incluso enfado. Y el cerebro, que siempre es perezoso para lo que nos exige esfuerzo, busca una salida rápida: no revisar lo que pensamos, sino rechazar lo que cuestiona nuestras creencias.
En política, este mecanismo –denominado académicamente como ‘disonancia cognitiva’- opera con una eficacia devastadora. Explica por qué personas muy inteligentes defienden argumentos flojos con una convicción casi religiosa; por qué los hechos dejan de importar cuando no se acomodan a nuestro discurso; o por qué el error propio se justifica como contexto mientras el ajeno se convierte en prueba de perversión moral. Revidar nuestras creencias es psicológicamente caro, casi una cuestión de fe. Mantenerlas, aunque algo nos diga que son falsas, nos resulta emocionalmente barato y reconfortante.
Siempre hubo trincheras ideológicas y prejuicios. Durante mucho tiempo, las democracias convivieron con estos sesgos sin que el sistema se resintiera gravemente. La diferencia es que hoy la disonancia cognitiva no se corrige, se cultiva. Y en ese cultivo intensivo juegan un papel crucial las redes. Las plataformas digitales no están diseñadas para informarnos mejor, sino para retenernos más tiempo. Y nada retiene tanto como la indignación. Los algoritmos de las redes nos muestran, una y otra vez, aquello que confirma nuestras creencias y refuerza nuestra identidad. No porque sea más cierto, sino porque nos produce más satisfacción, más placer, y genera mayor interacción en la red. Así se construyen las cámaras de eco: espacios donde se piensa parecido, en los que el que disiente no se manifiesta, porque sabe que molesta al discurso y donde la duda se interpreta como una amenaza.
El efecto de las redes se amplifica y alimenta en el debate político de trincheras, y resulta demoledor. Cuando solo escuchamos a quienes nos dan la razón, nuestras opiniones se ven confirmadas, pierden su elasticidad y capacidad de adaptarse. Se petrifican. Cuando aparece alguna idea contraria a lo que consideramos correcto, no se procesa como información, sino como agresión. El debate deja paso a la sospecha. El adversario deja de ser alguien equivocado para convertirse en alguien moralmente despreciable, indecente, culpable: el enemigo.
En este contexto, la política deja de ser un intercambio de ideas, argumentos, proyectos y visiones de cómo debe ser el mundo, para convertirse en un intercambio de agresiones. Ya no se defiende algo porque funcione mejor, sino porque ese algo “es de los nuestros”. Aceptar una idea del otro se percibe como flaqueza, debilidad, incluso traición. El matiz se procesa como cobardía. La duda, como deslealtad.
Y así, casi sin darnos cuenta, el radicalismo deja de ser patrimonio de los extremos para instalarse en el centro mismo del espacio público. Esa radicalización no nace del desconocimiento, sino de una falsa certeza, excesiva e impostada. Nunca hemos tenido tanto acceso a datos, y nunca hemos estado tan poco dispuestos a aceptarlos si nos incomodan. La abundancia de información no nos hace más críticos, sino más selectivos: elegimos solo aquello que no nos conmina a replantearnos nada.
Lo que nos está sucediendo es un drama. La democracia no se sostiene únicamente con mayorías que gobiernan, minorías respetadas por la mayoría y cumplimiento de las leyes. Se precisa una cultura emocional del desacuerdo: la capacidad de escuchar, de disentir con respeto y educación, de tolerar la incomodidad, de aceptar que nadie tiene el monopolio de la verdad. Cuando esa cultura se erosiona, el pluralismo se vacía de contenido y la democracia se envilece, aunque las formas se mantengan. Ya pasa en medio mundo.
Quizá la gran amenaza de la cultura de la tolerancia, base de la democracia, no sea un golpe autoritario clásico, sino algo más doméstico y cotidiano: una ciudadanía incapaz de soportar que la contradigan, atrapada en su propia disonancia cognitiva y convencida de que dudar es perder. Cuando sólo hay trincheras enfrentadas, cada vez más ruidosas y cada vez menos dispuestas a entenderse, la democracia se convierte en una referencia tan reiterada como inútil. Pura mitología. Una leyenda del pasado. Y en ese proceso estamos.