Miércoles, 17 Junio 2026
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Francisco Pomares

 

Mercedes González, directora general de la Guardia Civil, acudió ayer al Senado para explicar su relación con Leire Díez, la militante socialista que durante meses protagonizó maniobras destinadas a obtener información comprometedora sobre mandos de la Unidad Central Operativa, responsable de las investigaciones más comprometedoras para el Gobierno. En la Cámara  explicó que nunca había mentido cuando negó haberse reunido con la fontanera Leire. Porque aquello no fueron reuniones, dijo. Fueron “cafés”. Dos cafés…

 

Partiendo de negar sus encuentros con Leire, la directora Mercedes González logró ofrecernos una discusión casi filosófica sobre la naturaleza de los encuentros humanos. El Senado asistió así a un debate trascendente. No sobre las actividades de Leire, ni sobre las presiones denunciadas contra la UCO, ni sobre la utilización partidista de las instituciones del Estado. El debate de ayer consistió en determinar cómo una reunión deja de serlo para convertirse en “un café”. O quizá en un té, porque doña Mercedes quiso dejar perfectamente claro que ella es más de té.

 

La discusión semántica aparece en un momento singular de la trayectoria de esta señora, instalada por Sánchez al frente del instituto armado sin currículo que lo explicara mi motivo aparente para encargarse de la Benemérita. La cosa es que la UCO ha contado en uno de sus informes la existencia de hasta tres encuentros entre la fontanera y la directora, aunque doña Mercedes asegura recordar únicamente dos. En uno de ellos, según su relato, Leire se presentó como periodista, aunque no le dijo siquiera para que medio trabajaba, ni a ella se le ocurrió preguntarlo. Es curioso quien dirige la Guardia Civil reciba a una periodista sin saber de dónde viene, se reúna con ella en un bareto y no recuerde por qué, ni cómo, ni cuándo, decidió quedar con ella. Debe ser doña Mercedes una mujer muy desocupada. Ocurre que después hubo otro encuentro, otro cafe (o té) y en ese, Leire le pidió ayuda para el comandante Rubén Villalba, investigado en el caso Koldo. Dice Mercedes que se negó. También sostiene que jamás-jamás-jamás nunca, participó ella en maniobras contra la UCO, que nunca interfirió en investigación alguna y que su único objetivo era fortalecer la Guardia Civil, aunque es difícil aclarar como las reuniones con Leire contribuyeron a ese objetivo.

 

Supongo que el juez Pedraz tendrá que esclarecer si doña Mercedes dio alguna orden ilegal, o si las tres investigaciones que se produjeron en la Guarda Civil contra la UCO no tuvieron nada en absoluto que ver con la intención de Leire de merendarse al coronel Balas, convertir al hermanísimo en mártir, y a la mujer de Sánchez en damnificada por vía parental. Tampoco si llegó a intervenir personalmente en las operaciones de descrédito contra los investigadores. Lo chocante de ayer es que la directora de la Guardia Civil considere normal reunirse -a tomar café, o té, horchata o una ginebra- con una señora que ya entonces había sido señalada por su trabajo sucio para frenar los procesos contra el PSOE o el Gobierno.

 

Más llamativo aún resulta que, según dijo en el Senado, recibiera información de los servicios de información de la Guardia Civil sobre las actividades de Leire Díez y sobre su participación en una estrategia de desprestigio contra la UCO. Nada hizo entonces. No reaccionó hasta que las grabaciones aparecieron publicadas en la prensa y el escándalo se volvió imposible de ignorar. Todo mientras los mensajes intercambiados entre Leire y ella desaparecían de sus teléfonos configurados para borrar mensajes.

 

En fin, puede que ninguna de estas circunstancias constituya directamente un hecho delictivo. Pero las instituciones democráticas no funcionan únicamente al compás del Código Penal. También dependen de la confianza pública, de las apariencias, de la ejemplaridad y de la prudencia de quienes las dirigen. Y la Guardia Civil es una organización singular: sus agentes pueden aceptar órdenes difíciles, trabajar bajo enorme presión e investigar a personajes muy poderosos porque confían en que el cuerpo al que pertenecen permanece al margen de las disputas partidistas. Esa confianza constituye uno de sus principales activos. Y también uno de los más frágiles. Por eso resulta especialmente grave que la directora general aparezca vinculada -aunque sólo sea por esos “dos cafés”-, a una fontanera política dedicada precisamente a desacreditar a los investigadores que estaban cercando al poder. El sanchismo no es solo acumulación de escándalos. Es la progresiva normalización de conductas que hace apenas unos años habrían provocado dimisiones inmediatas. Primero ocurre, después se discute cómo llamarlo: las claudicaciones se convierten en “avances históricos”, las mentiras en “cambios de opinión” y ahora las reuniones son “cafés”.


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