Eclipses

Francisco Pomares
Confieso que siempre me han fascinado los eclipses. El primero que vi fue en las páginas de un álbum de Hergé: El templo del Sol. En teoría, ya sabía lo que eran: lo había estudiado en clase de Historia Natural. A mediados de los sesenta, cuando la tele todavía no había entrado en la mayoría de los hogares y los libros escolares ofrecían aún pocas imágenes, se aprendía mucho en los colegios. Pero fue Tintín quien me reveló el formidable potencial dramático de utilizar un eclipse para engañar a los incas que se disponían a quemarlo vivo junto a sus amigos Haddock y Tornasol.
Muchos años después, el 11 de agosto de 1999, pude ver desde el Roque de los Muchachos mi primer eclipse fuera del papel. Solo fue parcial, pero recuerdo la sensación de ver cumplido en el cielo algo que había descubierto de niño en un tebeo. Esta tarde, veintisiete años y un día después, el Sol vuelve a quedar bajo la sombra de la Luna. En Canarias desaparecerá ante nuestros ojos cerca del setenta por ciento del disco solar.
Los eclipses no son inusuales: se produce uno en algún lugar de la Tierra aproximadamente cada dieciocho meses. Lo extraordinario es contemplarlo desde un punto concreto, porque como promedio, solo vuelve a ocurrir por el mismo lugar cada 375 años. Son relativamente frecuentes para el planeta, pero excepcionalísimos para quienes lo habitamos.
Quizá la primera representación de uno se encuentre en Loughcrew, un conjunto megalítico situado a unos ochenta kilómetros de Dublín. En la cámara de una tumba neolítica, hay una roca cubierta de círculos y espirales superpuestos. Se cree que sus autores grabaron allí un eclipse ocurrido el 30 de noviembre de 3340 a.C. Pero hay arqueólogos que lo discuten: los círculos son un motivo habitual en el arte funerario irlandés y ni siquiera se puede asegurar que la sombra lunar atravesara entonces Irlanda. Tal vez sea el primer dibujo de un eclipse o quizá solo queramos verlo así. Supongo que esa duda también demuestra nuestra necesidad de reconocer en las piedras –en la Historia- el asombro que todavía sentimos cuando el Sol se oculta tras la Luna.
Desde la Antigüedad, los eclipses han servido para anunciar guerras, derrotas, magnicidios y catástrofes. Heródoto contó que uno de ellos detuvo una matanza entre medos y lidios; Shakespeare los convirtió en presagios del desorden político y familiar; Mark Twain utilizó uno para salvar a su yanqui en la corte de Arturo. El cine prolongó esa fascinación: Richard Fleischer rodó durante un eclipse real la crucifixión de Cristo en Barrabás; en Lady Halcón permitió romper la maldición y en Dolores Claiborne proporcionó la oscuridad necesaria para perpetrar un crimen.
La ciencia terminó explicando el fenómeno, pero nunca consiguió arrebatarle su capacidad para representar el miedo, la muerte o la interrupción del orden natural. Quienes sabían predecirlos poseían una magia para ejercer el poder: en 1504, varado en Jamaica sin provisiones, Cristóbal Colón supo por sus tablas astronómicas que se aproximaba un eclipse lunar. Amenazó a los indígenas con hacer desaparecer la Luna si no abastecían sus barcos. Cuando la Luna enrojeció, logró lo que buscaba. Según el relato de su hijo Hernando, conocer el movimiento de los astros le permitió fingir que podía gobernarlos. Hergé usó cuatro siglos después el mismo método colonial, aunque cambió la Luna por el Sol y Jamaica por Perú.
No fue su único atrevimiento: los incas poseían conocimientos astronómicos más que suficientes para no dejarse engañar. Además, en su álbum, la Luna atraviesa el disco solar en la dirección equivocada para el hemisferio sur. Un niño advirtió el error y se lo explicó a Hergé en una carta primorosa. De modo que aquella escena que tanto me fascinó en mi infancia era históricamente inverosímil e incorrecta desde el punto de vista de la ciencia. Sin embargo, sigue pareciéndome perfecta. Hergé no era astrónomo -se equivocó-, pero era un extraordinario narrador. Nos enseñó que un eclipse no es solamente la interposición de la Luna entre la Tierra y el Sol, sino el instante en que el día se convierte en noche, los dioses nos escuchan y un condenado en la hoguera puede salvarse ordenando al Sol que se destape.
La ciencia explica los eclipses; la fantasía, por qué nos fascinan.