Editar desde la esquina

Francisco Pomares
En un mundo editorial dominado por grandes grupos, algoritmos de venta y autores que ya vienen bendecidos de fábrica -con agente, campaña de marketing y una faja que anuncia “la novela del año” antes de que nadie la haya leído- resulta casi conmovedor, y hasta un punto temerario, que alguien decida montar una editorial desde una librería de pueblo. No en Madrid o Barcelona, en El Sauzal.
La iniciativa de Editorial B de Papel, nacida al calor de la librería El Barco de Papel, tiene parte de gesto romántico y parte de rebeldía. Apostar por publicar autores locales, por trabajar con profesionales del Archipiélago y por construir una red propia en lugar de externalizarlo todo a la península o al extranjero no es solo una decisión empresarial: es casi una declaración de intenciones. En estos tiempos de creciente concentración editorial, eso ya es mucho decir. Conviene recordar que el sector editorial se ha convertido en un ecosistema cada vez más concentrado, donde unos pocos sellos -o, mejor: unos pocos grupos- marcan la agenda, fijan tendencias y deciden qué llega al lector y qué no.
No pretendo demonizar ese modelo: ha permitido profesionalizarse, ampliar mercados y garantizar la supervivencia de muchos autores. Pero también ha estrechado los márgenes para las iniciativas pequeñas, las voces nuevas y los proyectos que no encajan en la lógica del rendimiento inmediato. En ese contexto, lanzar una editorial independiente desde Canarias es casi una anomalía. Y, sin embargo, es también una necesidad.
El primer título de la nueva editorial, El monstruo cobarde, de los hermanos Diego y David Reinfeld, no es únicamente un libro infantil. Es, sobre todo, una tarjeta de presentación. Una forma de decir: aquí estamos, queremos editar, queremos hacerlo desde aquí y con los nuestros. Que el libro haya sido elegido entre cerca de 800 manuscritos, aporta un barniz de exigencia al proceso, pero lo verdaderamente relevante es que exista un proyecto con voluntad de permanencia.
En Canarias, como en tantos otros lugares, el problema no ha sido nunca la falta de talento, sino la ausencia de estructuras y canales capaces de crear oportunidades para que ese talento encuentre salida sin tener que emigrar –también- en lo cultural. Durante décadas, el recorrido habitual ha sido bastante previsible: escribir aquí, publicar fuera, validarse fuera… y, si hay suerte, volver con el marchamo de lo reconocido. Es un viaje de ida y vuelta recorrido por algunos escritores locales que, en demasiadas ocasiones, termina siendo solo de ida.
Iniciativas como esta pretenden invertir ese flujo. Apostar por un circuito propio. Crear, aunque sea a pequeña escala, un ecosistema en el que autores, correctores, maquetadores e impresores trabajen desde el Archipiélago para producir libros que, luego, aspiren a circular más allá de las islas. Es un proyecto sencillo, casi obvio, que apenas un par de editoriales canarias han logrado completar, casi siempre con grandes sacrificios. Quizá porque hacerlo implica asumir una serie de desventajas evidentes. La primera, la distribución. Colocar un libro en librerías de todo el país sigue siendo una carrera de obstáculos donde las pequeñas editoriales juegan con desventaja. La segunda, la visibilidad. En un mercado saturado de novedades, donde cada semana compiten cientos de títulos por la atención del lector, hacerse un hueco sin una maquinaria promocional potente es poco menos que un acto de fe. Y la tercera, por supuesto, la rentabilidad. Editar libros nunca ha sido un negocio fácil. Hacerlo desde la periferia complica todo aún más.
Por eso resulta tentador preguntarse si proyectos como ahora B de Papel, y antes Diego Pum, Le Canarien o Mercurio –algunas de las editoriales canarias más interesantes- responden más a la pulsión vocacional de sus promotores que a una lógica empresarial. Y probablemente la respuesta sea que responden más a lo primero, aunque intentan combinar ambas cosas. Hay en estos proyectos una mezcla de entusiasmo, convicción y cierta inconsciencia que suele estar casi siempre en el origen de muchas aventuras culturales. Sin esa dosis de riesgo, de empeño personal y de fe en que merece la pena intentarlo, buena parte de lo que hoy consideramos normal sencillamente no existiría.
Pero más allá de la épica hay también una lectura más pragmática: apostar por lo local no es solo una cuestión identitaria. Es también una estrategia: en un mercado globalizado, donde los grandes compiten por volumen, las pequeñas iniciativas pueden encontrar su espacio precisamente en lo cercano, en lo reconocible, en aquello que no se puede replicar desde un despacho en otra ciudad o en otro país.
No se trata de encerrarse en lo propio, ni de levantar fronteras culturales que no tienen sentido. Se trata, más bien, de construir una base. De generar un tejido que permita que lo que se produce aquí tenga una primera oportunidad aquí. Y, a partir de ahí, crecer.
Porque en el fondo, y pese a todo, el mundo editorial sigue funcionando con una lógica bastante elemental: alguien decide escribir un libro, alguien decide apostar por el y otro alguien —un lector— decide abrirlo. Todo lo demás viene después. Y a veces, empieza en una esquina.