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Ejemplo de apestado

Francisco Pomares

 

El Partido Popular anunció ayer su intención de hacer declarar al ministro Torres ante la comisión de investigación del Senado. El anuncio de que pedirán su comparecencia se produce pocas horas después de que Koldo García revelara, en su primera declaración pública en un medio de comunicación -al periódico El Mundo– que contactó con el entonces presidente del Gobierno de Canarias, para recomendar la compra de mascarillas a la empresa Soluciones de Gestión, hoy investigada por levantarse 55 millones en el monumental fraude de las mascarillas.

 

Torres ha desmentido con presteza y rotundidad cualquier contacto con el exasesor de José Luis Ábalos, considerado como el elemento clave de la conexión entre la empresa y el poder político. Si no existen grabaciones o guasaps o correos que prueben la afirmación de Koldo -y es muy poco probable que existan- no hay por qué dar crédito a su versión de que Torres habló con él de este asunto. Parte de sus declaraciones a El Mundo son de hecho absolutamente increíbles, aunque muy reveladoras: Koldo asegura que su patrimonio es todo de origen legal, que ganaba 7.000 euros mensuales en el Ministerio (casi como un ministro) y que el dinero en metálico que tenía en respetable cantidad en su casa lo sacó del banco para disponer de cash. Pero todos los indicios apuntan en sentido contrario, y lo que nos cuenta Koldo parece más orientado a sostener una línea de defensa judicial -la que le han recomendado sus abogados- antes que a resultar creíble. En el informe de la Guardia Civil hay indicios de sobra para considerar que el exasesor estaba metido hasta el mismo cuello en la industria extractiva organizada en torno a las compras multimillonarias de material sanitario. De hecho, todo nos hace pensar que era el personaje central, el pívot o el ayudante del pívot. Todo lo que pueda decir ahora debería ser considerado como parte de su estrategia para no acabar en el trullo. Lo de que cerró su particular negociado con Torres, también. Puede ser puro cuento.

 

La reacción de Torres ante las declaraciones es clara: no hubo nada de nada. Ni contactos con Koldo, ni recomendaciones de compra, ni ningún tipo de imposición desde el Ministerio que él “no habría aceptado” de ninguna de las maneras.

 

Esa es la respuesta lógica, la políticamente correcta, aunque puede sonar algo impostada: cuando se produce la contratación de las mascarillas, Koldo no es otra cosa que el querido compañero de partido al que Sánchez bendijo como un ejemplo para la militancia socialista, el hombre al que encomendó la custodia de los avales de su candidatura, como Dios le entregó las Tablas de la Ley a Moisés. Koldo no era el personaje apestado que es ahora, el nuevo Tito Berni de otro caso cutre de la historia reciente del PSOE. Koldo era para todos justo lo contrario: un modelo de militante, un hombre abnegado, el corajudo guardaespaldas de los prohombres del partido en el País Vasco, el socialista aizkolari conservador de las tradiciones del pueblo, el tipo capaz de salvar y proteger al mismísimo Ábalos de sus propios pecados. Un compañero entrañable, un poco bruto quizá, pero con un corazón así de grande y una capacidad más que probada para el compromiso militante, para “hacer recados”, trasladar mensajes delicados, guardar reserva y proteger a los de arriba con su silencio y entrega partidaria.

 

Ese era Koldo hasta que estalla el escándalo. Ese era Koldo mientras el PSOE impedía en Canarias la aprobación del informe de la Audiencia de Cuentas que revelaba una manada de gatos encerrados en muchos de los contratos del Covid. Y ese sigue siendo Koldo cuando los socialistas votan en el Parlamento contra la creación de una comisión de investigación, en la que otros apandadores -que no eran Koldo- se levantaban cuatro millones por el morro, después de almorzar con Torres. Y de eso si hay fotos.

 

El bueno de Koldo se convierte en el apestado, un estorbo peligroso, solo cuando salta el asunto de las mascarillas. ¿Por qué, entonces, es tan terrible que Torres, o su segundo Olivera, o quien fuera, recibiera de Koldo la confidencia de que había una empresa fiable y seria que además (eso sí se lo dijo alguien a Torres) era más barata que las otras?

 

La supuesta inexistencia de cualquier relación de nadie y nadie y nadie con el ejemplar Koldo es una solemne estupidez. Porque Koldo era un colega. Un amigo. Un animalote entrañable al que se abrazaba con afecto y algo de condescendencia cuando llegaba a los sitios acompañando al ministro del Gran Poder. Y de eso también hay fotos.

 

Ahora Koldo es un apestado que se curra paso a paso su defensa. Un apestado como lo es también Ábalos. Y como lo serán todos los que sea necesario, para montar el cortafuegos que proteja al presidente Sánchez, cuando ésta madeja comience a desenredarse. Entonces irán apareciendo decenas de Koldos más. Uno tras otro.

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