El anticipo

Francisco Pomares
Los resultados electorales en Extremadura son un anticipo. Un espejo en el que se refleja con bastante nitidez el escenario político que empieza a consolidarse en España: derrumbe del PSOE con trasvase de votos también a su izquierda, crecimiento sostenido —y ya estructural— de Vox, y un PP que mejora, pero no gobierna solo.
El hundimiento socialista en Extremadura es particularmente significativo porque se produce en una de las comunidades donde el PSOE había construido durante décadas un ecosistema político, social y clientelar sólido. No hablamos solo de un cambio de ciclo, sino de la ruptura de una relación histórica entre partido y un territorio que se presentaba como garante de estabilidad, cohesión social y progreso moderado. Cuando ese vínculo se quiebra, no es por un factor aislado, sino por agotamiento, desgaste y pérdida de credibilidad.
En paralelo, el crecimiento de Vox en Extremadura no es un fenómeno marginal ni puramente emocional. Es un voto de reacción, sí, pero también es un voto estructurado, cada vez menos vergonzante y más normalizado, que encuentra terreno fértil en la frustración económica, el abandono percibido de las zonas rurales y la sensación de que el discurso institucional ya no responde a los problemas cotidianos. Vox no crece solo porque grite más fuerte, sino porque ocupa espacios que otros han dejado vacíos.
El PP por su parte, mejora resultados -especialmente sube en porcentaje de voto-, consolida posición y gana elecciones… pero no gobierna sin pactar. Esa es la gran paradoja del momento político: el PP avanza, pero el sistema de bloques y la fragmentación del voto lo condenan a depender de Vox. Extremadura dibuja así un escenario que se repite como un patrón: la derecha suma, pero solo si se entiende con la ultraderecha. Y ese entendimiento no es ya una hipótesis, sino una necesidad aritmética.
Todo esto tiene responsables, y sería ingenuo no señalar al principal. Pedro Sanchez y sus políticas no son el único factor explicativo, pero sí el eje central alrededor del cual gira buena parte de este desgaste. Una legislatura marcada por escándalos, tensiones institucionales, reformas controvertidas y una estrategia política basada más en la supervivencia personal que en la construcción de consensos ha terminado pasando factura, incluso -o quizá especialmente— en territorios tradicionalmente fieles.
La erosión del PSOE no se explica solo como resultado de las políticas locales de Guardiola o por las políticas nacionales del PP- oposición, sino por lo que el propio Gobierno ha dejado de representar. La sensación de improvisación, de opacidad en los casos que afectan al entorno presidencial, de corrupción generalizada y de desprecio por el debate público ha alimentado una desafección que no se traduce necesariamente en abstención, sino en trasvase de votos. Y ahí es donde los extremos -Vox y en menor parte la izquierda radical-capitalizan el enfado.
Pero hay un elemento adicional, responsabilidad de las estrategias socialistas: el PSOE ha jugado durante años a alimentar a Vox. Primero como espantajo, luego como coartada. La lógica era sencilla: fragmentar el voto de la derecha, impedir mayorías claras del PP y presentarse como único dique frente al “fascismo”. El problema es que los monstruos acaban teniendo vida propia. Vox no solo no se desinfla, sino que crece, se consolida y se convierte en actor imprescindible.
Extremadura demuestra que esa estrategia ha fracasado. No solo porque Vox suba, sino porque el PSOE pierde centralidad. El miedo deja de ser un motor eficaz cuando la ciudadanía percibe que el sistema político ya no funciona, que las promesas se repiten sin resultados y que el debate público se ha degradado hasta convertirse en un intercambio de consignas.
El contexto internacional tampoco ayuda. El auge de la ultraderecha en buena parte del mundo occidental —de Estados Unidos a Europa— crea un clima cultural propicio para discursos identitarios, simplificadores y de confrontación. España no es una excepción, y Extremadura tampoco. Pero sería un error atribuirlo todo a tendencias globales: aquí ha habido decisiones políticas concretas que han acelerado el proceso.
Lo que dibuja Extremadura es, en definitiva, un escenario complejo y poco confortable: gobiernos dependientes de Vox, un PP atrapado entre la moderación que proclama y los pactos que necesita, y un PSOE que paga el precio de haber estirado demasiado la cuerda institucional y moral. A nivel nacional, todo apunta a una reproducción casi exacta de este esquema, con las mismas tensiones y las mismas contradicciones.
Extremadura no es una excepción. Es un anticipo. Y como suele ocurrir con los anticipos, convendría tomárselo en serio antes de que deje de ser una advertencia y se convierta en norma.